A finales de los años noventa, cuando el mundo conoció la Internet tal como es hoy —invasiva pero necesaria— nos ha ido cambiando el estilo de vida. La era digital y la aparición constante de nuevas tecnologías han impactado en el comercio, la educación, el gobierno, la salud e incluso nos empujó a relacionarnos emocionalmente a través de las redes sociales. En estos treinta años la comunicación social ha dado un vuelco y los medios de comunicación han debido adaptarse, aunque no siempre con buen suceso. Y aunque no es excusa, muchos de los excesos en el tratamiento de la información, recién señalados por el papa Francisco, tienen su origen en este mundo digital donde el recuento de clics y los “me gusta” se ha vuelto lo más valorado, no importa la lógica, ética, la seriedad o el criterio periodístico.

El Papa reclamó, hace unos días, cordura y sensatez a los periodistas, editores y a prensa en general. “Quiero pedirles en nombre de Dios a los medios de comunicación que terminen con la lógica de la posverdad, la desinformación, la difamación, la calumnia y esa fascinación enfermiza por el escándalo y lo sucio, que busquen contribuir a la fraternidad humana y a la empatía con los más vulnerados... Este sistema con su lógica implacable de ganancia se escapa de todo control humano. Es hora de frenar el tren, un tren fuera de control que nos lleva hacia el abismo”, dijo Francisco cuando alertaba que quieren “anular cualquier búsqueda humanista alternativa a la globalización capitalista”.

“Hay que escuchar a las periferias, abrirle las puertas y permitirles participar. El sufrimiento del mundo se entiende mejor junto a los que sufren. En mi experiencia, cuando las personas, hombres y mujeres que han sufrido en carne propia la injusticia, la desigualdad, el abuso de poder, las privaciones, la xenofobia, en mi experiencia veo que comprenden mucho mejor lo que viven los demás y son capaces de ayudarlos a abrir, realísticamente, caminos de esperanza...”.

A los gigantes de la tecnología y a las redes sociales les pidió que dejen de explotar la fragilidad humana y las vulnerabilidades de las personas para obtener ganancias. Porque, como ya se ha expuesto aquí, las redes sociales son seductoras, recompensan las noticias triviales, maliciosas y las escandalosas; aplauden las fotos excitantes y las tonterías sobre las celebridades, y arrastran a los medios de comunicación que se dejan guiar por lo que más consumen los usuarios, una política que hace peligrar al buen periodismo y a la sociedad que enajena. Como bien ha dicho el papa Francisco, es hora de parar ese tren.