Nos vendieron gato por liebre, cual hábiles prestidigitadores. Finalmente, un alto porcentaje de compatriotas, exceptuando aquellos (as) que ocupan elevados cargos burocráticos, devengando salarios desproporcionados por su cuantía, gozando además de prebendas, entre ellas, el nombramiento de su parentela en la administración pública, concluyen que no valió la pena intentar dejar atrás, de una vez y para siempre, el ominoso y sórdido reciente pasado, al otorgarle masivamente su voto al partido político hoy al frente del gobierno, confiando que con ello se iniciaba una inédita etapa signada por la honestidad, la transparencia, la eficiencia, el rendimiento de cuentas, con actuaciones en todo momento y circunstancia bajo los parámetros consignados en el Código de Conducta Ética del Servidor Público.
Hoy predomina la desilusión, rechazo y repudio, concluyendo que, en grados diversos, los partidos políticos hondureños y sus cúpulas han practicado y continúan practicando alianzas de mutua conveniencia, entre ellos, y hasta con el crimen organizado.
El régimen actual prometió durante la campaña electoral cambios cualitativos en la conducción del Estado y en el fortalecimiento institucional, entre otras promesas también la de instalar la Comisión Internacional contra la Corrupción e Impunidad (Cicih). Se le tomó la palabra, sin que se haya convertido en realidad.
Sus errores y desviaciones, autoinfligidas, le pasarán factura en las venideras elecciones, asumiendo que se realizarán exentas de intimidaciones, adulteraciones, compra de votos, tal como tradicionalmente se ha practicado tradicionalmente.
Este gobierno ha ejercido el mando sin encontrar, hasta ahora, verdadera oposición, y, pese a ello, su rumbo, orientación y actuaciones se extraviaron irreversiblemente, desembocando en el nepotismo, ineptitud, abuso de poder, demagogia, militando en contra del interés nacional, para actuar como caja de resonancia de regímenes populistas, autoritarios, de América Latina y de otras latitudes.
El fraude y la estafa son delitos incluidos y sancionados en las legislaciones penales de las naciones, incluida la nuestra, sea aquella cometida por la delincuencia de cuello blanco o por las mafias transnacionales del narcotráfico.
Ha quedado evidenciado, una vez más, el vínculo íntimo entre narcotráfico y políticos de los distintos partidos, en relación simbiótica, en la cual se nutren mutuamente, bajo la protección recíproca de la absoluta impunidad.
Argumentos de soberanía y democracia son meros pretextos, en un intento justificativo que ya no engaña a nadie, ni en Honduras ni en el exterior.