Ocho o diez años, cálculos conservadores para realizar obras reguladoras de las aguas originadas en occidente y que llegan al valle de Sula antes de desembocar en el Caribe. Casi medio siglo ha transcurrido desde el Fifí, más cercano el Mitch y ayer mismo Eta y Iota y las palabras son las mismas, como iguales son los hechos: amontonar tierra a lo largo de ríos, canales y quebradas.

Claro que todo a su tiempo, pero bien conocemos cómo actúa el aparato oficial con personal muy dado a reuniones, a declaraciones, pero no a acciones que lleguen a la raíz de los problemas. No es de un día para otro, pero sí con una duración que permita ver respuestas efectivas a los problemas con prioridad para los pobladores y campos de cultivos y cincuenta años son más que suficientes.

La Comisión para el Control de Inundaciones del Valle de Sula dio por reparados los bordos que fueron afectados por los fenómenos naturales del año pasado, pero es repetición de la historia, paliativo aplicado tras cada desastre. El paso siguiente, no la solución, es el dragado de los cauces de los ríos Chamelecón y Ulúa, cuyos trabajos deben ser prioridad según lo expuesto en la última reunión del Consejo Regional de Desarrollo de la Región del Valle de Sula.

Las condiciones no son muy favorables. A la necesidad de recursos millonarios, excusa durante décadas, se suma el indicador del último domingo de noviembre para los próximo cuatro años. La clave electoral de las reuniones habrá desaparecido y si no hay presión de las organizaciones y unidades productivas del valle seguiremos en lo mismo a la espera en cada temporada ciclónica que los fenómenos naturales no nos alcancen, lo cual, tarde o temprano, es una utopía.

Los bordos, hoy reparados, son parte de la solución y habrá que iniciar las otras partes, sumamente necesarias, para mitigar los desastres. Los dos fenómenos naturales del año pasado descargaron tal cantidad de agua que sobrepasó por mucho el diluvio del Mitch. Para situaciones como estas no habrá solución, pero sí disminuirán los daños si damos pasos más efectivos y visionarios en prevención.

Dragar los ríos y construir represas es el clamor, pues desaprovechar el agua, igual que la comida, es un pecado y una gran irracionalidad con las condiciones adversas que ya golpean fuertemente en numerosas zonas, originadas en el cambio climático para lo cual no estamos preparados y, lo peor, no hay conciencia para dar los primeros pasos para prevenir lo que se avecina.