El impacto devastador y sus diversas secuelas cada vez con más frecuencia golpean a nuestro país y a sus pobladores, en especial a quienes viven en zonas bajas fácilmente inundables, y las políticas de prevención y alerta temprana continúan pendientes de su aplicación efectiva, tanto por parte de las autoridades como de nosotros, los habitantes de nuestro hogar común: Honduras.
Por igual, tanto los responsables del diseño de políticas públicas como cada uno de los hondureños y las hondureñas deberíamos hacer nuestras, de manera permanente, las sabias orientaciones incluidas en la Carta Encíclica del Papa Francisco, Laudato Si, relativa al cuidado del planeta y de la casa compartida: La Tierra, de la vida y de la ecología, la humana y la ambiental.
Sus sabias y oportunas reflexiones: ambientales, educativas, económicas, sociales, culturales, enfatizan las relaciones directas entre la naturaleza y la sociedad, sin carácter abstracto, todo lo contrario, poseen plena validez y veracidad, ya que la sobre explotación de los recursos naturales, renovables y no renovables, el consumismo desenfrenado, estimulado por campañas publicitarias y el afán de lucro a toda costa, el otorgamiento ilícito de licencias ambientales, el modelo extractivista vigente, la apatía e indiferencia colectiva ante la progresiva y acelerada destrucción de la Madre Naturaleza, los modelos de producción basados en el petróleo y el carbón, el empleo de fungicidas, insecticidas, fertilizantes químicos en la agricultura, la destrucción de bosques para convertirlos en pastizales o para el cultivo de coca, la minería a cielo abierto que utiliza mercurio y dinamita contaminando ríos, suelos, atmósfera con el consiguiente envenenamiento de las comunidades aledañas, la cultura del descarte, la utilización de aguas superficiales como basureros para arrojar desechos industriales y sanitarios, la ausencia de programas de educación ambiental en los centros educativos a partir del nivel preescolar, se combinan para coadyuvar a catástrofes ecológicas: incendios, llenas, desertificación, hambrunas colectivas, erosión, alzas en el nivel de los océanos, que ocurren cada vez con más frecuencia, impactando en las migraciones internas y externas de las personas, que encuentran cada vez más herméticamente cerrado el ingreso a naciones prósperas, percibidos como indeseables.
Honduras presencia impávida el acoso, persecución, asesinato de compatriotas ambientalistas: indígenas, garífunas, mestizos que intentan proteger su calidad de vida tradicional en armonía con la naturaleza.
Los organismos oficiales que deberían aplicar medidas protectoras de ellas y ellos brillan por su ausencia.