Decía un orientador familiar que los hijos necesitan un padre, una madre y un perro que les ladre. Lo del perro es, obviamente, una metáfora, que se puede aplicar a cualquiera de los dos primeros. Porque, no importa que sea él o ella, pero sí es absolutamente necesario que haya en las familias una persona que sepa poner límites, que ayude al establecimiento de una sana disciplina, que facilite la conformación de una personalidad rica en valores, que busque el ejercicio de las tan importantes virtudes humanas.

Resulta que, cuando se crece sin unos cauces que conduzcan nuestra vida, que nos vayan delimitando el camino; terminamos por convertirnos en individuos amorfos; como esos árboles que nunca han sabido lo que es la poda y que no son más que una maraña poco estética, que ni adorna, ni da sombra, y cuyos frutos apenas pueden cosecharse.

A estas alturas de la historia resulta necio señalar que una disciplina familiar verdaderamente formativa excluye los insultos y los golpes. Los primeros generan personalidades que abundan en complejos y que muy difícilmente desarrollarán una adecuada autoestima, y, los segundos, engendran rencores y pueden dejar heridas profundas en el alma.

Como ya he recordado hace algunos años en este mismo espacio, tal y como lo señala Serrat en su canción “Esos locos bajitos”, todos hemos necesitado que alguien nos advierta que hay cosas que no deben hacerse, otras que no deben decirse y otras que no deben tocarse. Y no se trata de hacer apología de la represión hacia los miembros más jóvenes de la familia, sino de reconocer que en todo proceso de maduración es indispensable un referente, un modelo, una guía.

De ahí que aquellos que tenemos hijos no podemos soslayar la responsabilidad de, como decía otro orientador familiar, “marcarles la cancha” desde que son pequeños, o, más bien, sobre todo en esa etapa del desarrollo. Sobre todo, entre los 0 y 12 años, que es cuando los niños son más moldeables, más dúctiles, más maleables.

Formar significa, precisamente, dar forma, definir un perfil humano. Y eso nadie puede hacerlo mejor que alguien que nos tiene un cariño y que, por lo mismo, tiene un interés auténtico en que el día de mañana seamos felices. Y a la felicidad solo se puede aspirar cuando somos hombres o mujeres con los que resulta agradable trabajar, alternar, convivir. La labor formativa de los padres es una siembra a largo plazo, cuyos frutos muchas veces serán más notables y sabrosos cuando ellos ya no estén. De modo que, papás y mamás, que no nos dé miedo “ladrar” a nuestros hijos. Tarde o temprano nos lo agradecerán.