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Y ¿por qué una mujer?

  • Actualizado: 31 octubre 2013 /

¿Por qué Dios escogió una mujer para traer al mundo a Jesús? Hubiera sido más sencillo haberse encarnado el Verbo en un ser “hecho de la nada”. Pero en verdad lo que el Señor quería era una encarnación real, en la que Dios asumiera la naturaleza humana en la segunda persona de la Santísima Trinidad pasando por todo el proceso humano de embarazo y parto, crecimiento, aprendizaje, maduración, sufrimiento, alegrías, angustias y satisfacciones. El Verbo tenía que ser hombre de verdad.

Dios escogió a una mujer como María para ser madre de Jesús, es decir de la persona humana y divina, para someter a su hijo a toda la kénosis, el despojo radical del goce de los atributos divinos sin dejar de ser Dios y asumiendo todo lo que un hombre puede vivir menos el pecado, ser en verdad miembro de la humanidad. Jesús es nacido de mujer como toda persona y la primera experiencia de amor humano que tiene viene de su Madre. Sentir el abrazo y el calor humano puro, virginal, tierno y sublime de una mujer sin pecado; mamar sus pechos y escuchar los cantos arrulladores y sus rezos hondos, era para el niño Jesús experimentar la pureza de la creación, tal y como Dios la hizo antes del pecado de Adán y Eva. Allí Dios pudo en Cristo Jesús vivir lo que Satanás le robó al principio de la creación de la humanidad: el gozar de la creación humana sin el pecado. Fue una relación única.

Dios la preparó desde la eternidad para ser madre de su Hijo. Él tenía todo el derecho de escoger una mujer plena, sabia, amorosa, prudente y además sin pecado original. Que sus padres al concebirla no le transmitieran ese pecado con el que viene marcada toda la humanidad al nacer, es un privilegio que Dios quiso concederle a ella, para que el ejercer su maternidad, no hubiera ningún atisbo de imperfección moral, sombra de ignorancia espiritual o actitud de entrega no tan generosa que fuera a entristecer a su hijo o afectar su formación integral.

La escogió pobre, sencilla, campesina y sin posibilidades de futuro con tenencias, como cualquiera de las mujeres que nacen en la “periferia”, para demostrar que de la pobreza, aún extrema, puede salir algo bueno, grande, sin mancha, excelso. María representa la realidad de la marginación, la de las mujeres que además de pobres son campesinas y sin academia, mujeres que de sol a sol luchan en el campo, le sacan a la tierra los alimentos y transmiten todas las verdades de fe y tradiciones a las nuevas generaciones. Porque gracias a las mujeres es como se conserva en las comunidades primitivas la cultura con sus raíces, la memoria histórica, la identidad de los pueblos.

La escogió fuerte y cariñosa, tierna y vigorosa, santa e inteligente, pura y femenina; la escogió mujer plena, con el coraje propio de quien tiene que luchar lo suyo sin esperar regalo, la que sabe que nada se consigue sin esfuerzo, salvo la gracia de nacer pura y sin pecado. María supo transmitir a su hijo todas esas virtudes humanas tan bellas, que hacen del hombre reflejo de la perfección de Dios en la limitación creada. María supo en todo momento mantener la dignidad del ser humano tal y como Dios soñó para toda persona antes de que cayera en el pecado de soberbia y desobediencia y dejara el Paraíso. María le tributa a su hijo la santidad de una creatura humana, como jamás se dio y se dará.

Dios la escogió profunda y gustando del silencio y soledad, buscando siempre el misterio en su centro, allí donde “guarda todo en su corazón” que contempla la presencia siempre nueva del Padre que en el Espíritu, le enseña la belleza de su hijo, que al decir el “sí” después del saludo del ángel, se hace carne en ella. Sí, el Verbo se hizo carne en María cuando dijo el sí más sonoro, bello, valiente, profundo, claro y radical que se ha pronunciado en la historia de la humanidad: sí a la salvación y la vida, sí a la eternidad y al cielo, sí al amor y la verdad, sí a lo bueno que no muere, a la sonrisa inocente y a volver a ser como niños, pacíficos, misericordiosos, justos y sufridos; sí al Dios que se hace carne, que se hace como nosotros y que se queda para siempre con nosotros. Y al pie de la Cruz María volvió a pronunciar, empapada en la sangre derramada de su hijo, el sí más fiel y desgarrador a la voluntad de Dios con quien somos invencibles.