“Caballero noble y parco, me enseñaste a luchar. Aspirando siempre a lo más alto y a mis sueños no renunciar”: Mario Benedetti.
Ser padre no es solo un título; es una vocación, una misión que cumplir y un verdadero compromiso. Se agradece a aquellos padres que no abandonaron el barco. Gracias por el esfuerzo silencioso, por las noches de desvelo o madrugadas al salir a trabajar. Gracias, padres, por ese amor que se demuestra más que con palabras, se realiza con acciones. Gracias por los consejos y regaños oportunos, aun aquellas cosas que no se entienden y que muchas veces los hijos recibieron gratis como disciplina.
Un padre deja más huellas que cicatrices, y solo los hijos agradecidos lo reconocen, ya que sus palabras se vuelven como una luz que da dirección. Gracias por la responsabilidad de cuidar y proveer ese amor incondicional, la sabiduría, la paciencia y la disciplina.
El padre que ejerce influencia de manera positiva en sus hijos hace que ellos crezcan con mayor seguridad, valores y la confianza de saber que no están solos en la vida. El buen padre ayuda a formar personas fuertes, capaces de enfrentar desafíos del mundo. La paternidad se fundamenta en la relación; sin ella no hay formación, no hay entrega. Tampoco habrá responsabilidad de impartir vida más que conocimiento. “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros”, Filipenses 4:9 (RVR60).
La evidencia de una paternidad nace de una identidad forjada en el fuego de la prueba, donde se destruye el egoísmo para permitir ser formado. Hoy quiero honrar a los padres que han dado su vida y siguen ese legado.
“No es la carne ni la sangre, sino el corazón lo que nos hace padres e hijos”: Friedrich Schiller. De todos los nombres que Dios tiene en la Biblia: Jireh, Rapha, Shalom, Nissi, Shaddai, Él eligió llamarse “PADRE”. ¡Felicidades!