Sacando bien las cuentas, catorce salmos tienen títulos históricos que los vinculan a episodios específicos en la vida de David. Los salmos 57 y 142 son dos de ellos. Ambos títulos nos dejan saber que David los escribió dentro de una cueva.
Y el episodio que los propició fue la cacería que estaba evadiendo efectuada por el rey Saúl.
Refrescando un poco la memoria, el rey Saúl le tenía envidia a David porque a David se le daba más honra que a él, al grado de convertirse en odio asesino que lo llevó a despreciar a alguien que antes valoraba. Esto obligó al joven guerrero a huir y a pasar escondido de un lugar a otro por casi siete años. ¿Se ha sentido acosado alguna vez, querido lector?
¿Ha sentido que alguien tiene algo en contra suya o que usted le cae mal a alguien? Si es así, sabrá que es algo bastante desapacible.
David se lo expresó así a Dios dentro de la cueva: “Tú sabes cómo me comporto. Hay algunos que a mi paso me tienden una trampa. Mira bien a mi derecha: ¡nadie me presta atención! ¡No hay nadie que me proteja! ¡A nadie le importo!” (Salmo 142:3-4, TLA).
Pero David volteó su rostro hacia Dios y le entregó sus contrariedades desde el principio: “Mi Dios, a ti elevo mi voz para pedirte ayuda; a ti elevo mi voz para pedirte compasión. Cuando me siento deprimido, a ti te hago saber lo que me angustia... ¡Tú eres mi refugio! ¡En este mundo tú eres todo lo que tengo!” (vv. 1-2, 6, TLA).
¿Pudo notar lo que esto conlleva, querido lector? David no huyó y se refugió meramente en una cueva; él hizo a Dios su cueva, su espacio protegido, y el lugar donde podía encontrar todo lo que necesitaba para cambiar su angustia en alabanza (v. 7).¿Qué le parece si hacemos nosotros lo mismo?