Trascender

  • Actualizado: 31 de agosto de 2026 a las 00:10 -

“Ir más allá, sobrepasar un límite o dejar una huella que perdura en el tiempo”. Esta es la razón por la que estudiamos a profundidad la vida y trabajo de tanta gente que ha puesto su granito de arena en la evolución de la humanidad, los que de alguna manera han contribuido a su desarrollo y los que se han dedicado a “hacerla feliz” a través de sus obras.

Si, a pesar del tiempo que tienen de no estar físicamente presentes, seguimos escuchando, leyendo o aprendiendo sobre ellos, es porque, de una u otra manera, han logrado trascender.Por lo tanto, tienen bien merecido todo lo que se hace para recordarlos: monumentos por doquier, biografías, fotografías en las aulas de clases o retransmisiones televisivas indefinidas de su trabajo.

Este tipo de análisis lo hago todo el tiempo con mis estudiantes mientras aprendemos de alguno de estos personajes trascendidos a los que me estoy refiriendo hoy, pero fue ayer, mientras desayunaba, cuando me vino de nuevo el pensamiento y se debió a que mi hija adolescente estuvo enferma hace muy poco y a que su recuperación se ha debido, entre otras cosas, a los antibióticos.

A la penicilina, para ser más concretos.Recordé entonces que, desde que era pequeña, le he leído acerca de gente como Alexander Flemming y de ese magnífico descubrimiento suyo de 1928. Pero creo que hasta ahora, que ya entiende y comprende mejor cómo funcionan algunas cosas, ella ha mostrado un poco más de interés en el asunto.

Y, al igual que yo hace algún tiempo, ha quedado maravillada con esa historia y por lo maravilloso que es que algo que sucedió hace ya tantos años siga teniendo repercusiones tan espléndidas en estos tiempos. Y, desde luego, que nosotras no somos las únicas beneficiadas ni las únicas maravilladas.

Ayer mismo recordaba también que, hace algunos meses, un famoso canal de telenovelas repitió Corazón Salvaje, aquella exitosa producción de 1993 que yo no pude ver sino por “pedacitos”, porque su horario coincidía, en aquel momento, con el horario de mi colegio. Así que decidí verla completa esta vez. Y le pedí a mi hija que me acompañara.

Entonces nos pasamos varias semanas “pegadas” al televisor y a la trama. Ahora mismo ella sigue suspirando por Juan de Alcazar, tiene en su playlist la música de la novela y, cada vez que se acuerda, menciona algo sobre lo estupendo de ese personaje. Hace ya 23 años que Eduardo Palomo no está, pero una chica de diecinueve años lo admira mientras experimenta un sinfín de emociones con su trabajo. Y, por supuesto, que ella no es la única.

Sin lugar a duda, tanto Flemming como Palomo, cada uno en su campo, fueron más allá, sobrepasaron los límites y, por lo tanto, lograron dejar una huella que perdura en el tiempo.

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