La traición de los baby boomers y la generación X

Hay amores que se declaran con la boca y se traicionan con las manos. En Honduras nos gusta repetir, con razón, que la familia es lo más sagrado que tenemos. Lo decimos en los velorios, en las bodas, en los discursos de campaña. Y, sin embargo, cuando la conversación gira hacia el cambio climático, el tema que decidirá si nuestros hijos heredan un país habitable o uno de agua racionada y cosechas muertas, esa misma generación que ama tanto a su familia guarda silencio, o algo peor -se encoge de hombros-. No hablo solo de quienes niegan la ciencia sin haberla leído nunca, aunque ese ruido también existe y haría bien en callarse y escuchar a quien sí sabe.

Hablo de algo más incómodo: los que sí creen, los que aceptan el dato como verdadero y que, aun así, no cambian un solo hábito de cómo viven.Germanwatch acaba de ubicar a Honduras como el tercer país más vulnerable del planeta ante fenómenos climáticos extremos, solo detrás de Dominica y China, y el único de América en ese top diez. No es una proyección lejana: el huracán Mitch, en 1998, destruyó el 70% de nuestra infraestructura y cultivos y dejó 14,000 muertos. Esto no es una hipótesis de laboratorio. Es una cuenta que Honduras ya empezó a pagar.Y aquí aparece la paradoja que de verdad me indigna.

Las encuestas de Yale y Gallup muestran, una y otra vez, que los jóvenes se preocupan más: 70% de los adultos de 18 a 34 años dicen sentir angustia real por el calentamiento global, frente a 56% de los mayores de 55. Pero esa misma juventud, la mía, no tiene ni el capital, ni los cargos públicos, ni las juntas directivas desde donde se decide si un río se contamina o se protege.

El filósofo Hans Jonas lo dijo con precisión hace medio siglo en su Principio de responsabilidad -entre más poder tiene alguien sobre el futuro, mayor es su obligación moral hacia quienes todavía no pueden defenderse-.

En Honduras el poder está exactamente donde está la indiferencia. Y seamos honestos también con mi generación: preocuparse no es lo mismo que actuar. Los propios estudios muestran que, a la hora de exigirle algo concreto a un funcionario, los jóvenes participan casi en la misma proporción que sus abuelos. La angustia sin poder real detrás se queda en angustia.

Miren el valle del Aguán, con más de 20,000 hectáreas de palma africana. Más de doscientas mil hectáreas en todo el país -comparable al estado de Luxemburgo-, casi el triple que hace veinte años, controladas en su mayoría por apenas tres empresas. En comunidades como El Tranvío, en Tocoa, el agua que sale de las tuberías es oscura, huele a podrido, y los vecinos reportan alergias y enfermedades de piel.

Se necesitan 5,000 metros cúbicos de agua por cada tonelada de aceite que se exporta, y una sola familia, la Facussé, ha acumulado más de 16,000 hectáreas bajo la bandera de la modernización agrícola. Ese es el monocultivo que estamos heredando a nuestros hijos: no una anécdota abstracta sobre el planeta, sino un río concreto que ya no se puede tomar. No pretendo hablar como si yo mismo tuviera la conciencia limpia, ni como si supiera más de biología atmosférica que un climatólogo. Pero no hace falta ser fontanero para notar que la tubería gotea.

Lo que sí sé es que amar a la familia no puede ser solo una frase que se dice en la sobremesa mientras se firma, con la otra mano, el permiso ambiental que seca el pozo del vecino. ¿Qué clase de herencia es esa que se declara con tanto amor en la mesa familiar y se entrega, en la práctica, tan vacía a quienes se sientan a esa misma mesa dentro de veinte años?

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