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Todos los generales del Presidente

  • Actualizado: 13 abril 2017 /

Conforme a los precedentes de las presidencias recientes de Estados Unidos, la semana pasada hubo en el Gobierno de Trump dos eventos aparentemente muy normales. El miércoles, Steve Bannon, el no precisamente efectivo estratega e ideólogo del Presidente, fue excluido del comité de principales del Consejo de Seguridad Nacional. Y el jueves, el Presidente ordenó lanzar una lluvia de misiles de crucero en Siria.

La destitución de Bannon apuntaba a que la política exterior de Trump podría perder parte de su prometida naturaleza de “Estados Unidos primero”. Y el bombardeo en Siria pareció confirmarlo. Dando margen a algunos gestos teatrales de Trump, los ataques hubieran podido ocurrir en la presidencia de Ronald Reagan, Bill Clinton o George W. Bush. Y lo mismo la reacción: políticos de ambos partidos ofrecieron su apoyo, los halcones liberales y neoconservadores de pronto estuvieron contentos, los analistas hablaron de la recién obtenida estatura de Trump … y los críticos de la belicosidad estadounidense volvieron a predicar en el desierto, con el sabor a traición en la boca.

Entonces, ¿ya se canceló la revolución ideológica en la política exterior de Estados Unidos? En un sentido, sí: si esperábamos que Trump realmente gobernara como paleoconservador, que rechazara el uso de la fuerza cuando no hubiera una amenaza inmediata contra la patria, que retirara las tropas estadounidenses de todas las bases remotas y dejara colgadas de la brocha a sus alianzas militares, entonces los ataques contra Bashar Al Assad son la prueba más reciente de que nos engañó.

Pero eso no significa que Trump simplemente vaya a regresar al mismo surco de sus predecesores. Las presidencias recientes se han caracterizado por forcejeos entre bandos diferentes en materia de política exterior: neoconservadores y kissingerianos y jacksonianos con los republicanos, intervencionistas liberales y realistas liberales y la izquierda antibélica entre los demócratas.

El Gobierno de Trump, empero, en realidad no cuenta con muchos expertos normales en política exterior entre sus funcionarios civiles. El secretario de Estado, Rex Tillerson, quizá tenga una vena realista; la embajadora ante la ONU, Nikki Haley, hace gala de un estilo moralista. Pero ninguno de los dos había tomado parte en esos debates hasta ahora. Mike Pence no tiene nada que se le parezca a la experiencia de un Dick Cheney o de un Joe Biden. Y si están haciendo a un lado la línea de Bannon no es porque Jared Kushner tenga preparada una alternativa bien reflexionada.

Lo que Trump sí tiene, en cambio, son generales: James Mattis, su secretario de Defensa, y H.R. McMaster, su asesor de Seguridad Nacional, y los demás militares de su gabinete, además, por supuesto, de las fuerzas armadas profesionales en sí. Y es este equipo de generales, y no ninguna de las escuelas acostumbradas de política exterior, el que tiene más posibilidades de dirigir el avance de su política.

Las fuerzas armadas profesionales siempre han influido en la política exterior de Estados Unidos y las mentes militares rara vez son monolíticas en sus ideas. (Solo pregúntenle al general Michael Flynn). Pero que la política exterior de Estados Unidos sea dirigida y no solo influida por los militares es algo nuevo en la historia reciente del país y tiene profundas implicaciones en la defensa de la debilitada Pax Americana en tiempos de Trump.

Primero, en cierto modo, una política exterior dirigida por los militares promete estar más orientada a la estabilidad que otros enfoques de los asuntos internacionales. Estaría menos inclinada a albergar grandes ambiciones ideológicas que la belicosidad liberal o el neoconservadurismo. Es decir, menos inclinada a imaginar a Estados Unidos como el agente de la revolución democrática o como un ángel humanitario vengador. Pero también sería escéptica ante los cambios en la posición estratégica y en la retirada de compromisos existentes que en ocasiones cultivan los realistas y los antiintervencionistas.

Por ejemplo, si las fuerzas armadas hubieran manejado la política exterior en la Casa Blanca de George W. Bush, es improbable que Estados Unidos hubiera tratado de implantar la democracia en Irak. Si hubiera sido el caso en tiempos de Barack Obama, es improbable que Estados Unidos hubiera abandonado a Hosni Mubarak o buscado una distensión con Irán para remodelar la región. Y hasta ahora, el énfasis que ha puesto la Casa Blanca de Trump en las relaciones militares de larga data (especialmente con los estados árabes sunnitas), su tono mesurado en materia de derechos humanos y el hecho de que se desdiga de los prometidos grandes cambios en su postura hacia Rusia y China encajan con lo que podría esperarse de una presidencia dirigida por los militares.

Pero aunque valoran la estabilidad, las fuerzas armadas tienen una fuerte predisposición hacia las soluciones militares siempre que estallan crisis o problemas. Esas soluciones no siempre son grandes invasiones o costosos ejercicios de creación de estados. Pero sí consideran que las bombas, los misiles, los drones y (en número limitado y fácilmente extraíble) las botas en el terreno son las herramientas de primer recurso del arte de gobernar.

Así pues, esperaríamos que una política exterior guiada por los militares vería con cautela la participación en gran escala en la guerra civil siria. Pero cuando ocurre algo como los ataques con armas químicas ordenados por Assad, su primero y más fuerte impulso es lanzar un ataque punitivo. Una lógica similar se aplicaría en los puntos conflictos de todo el mundo. La política exterior de los generales no buscaría una guerra en tierras de Asia, pero sí estaría abierta a muchas intervenciones limitadas que, gradualmente, podrían arrastrar al país más profundamente en el conflicto.

En general, la visión del mundo de las fuerzas armadas –un sesgo por el orden establecido con fuertes dosis de poder armado– difícilmente es la peor que podría adoptar Trump. Pero ahí donde la incapacidad del Presidente de retirarse de una pelea grande se junta con la disposición de los generales de iniciar muchas peleas pequeñas es donde radica el gran peligro de su presidencia: no una belicosidad deliberada, sino una intensificación accidental fomentada por sus generales. Y en que el que toma la última decisión no tiene idea de cómo pararlos.