Lobos, perros, felinos. En los últimos meses, videos de jóvenes que se desplazan a cuatro patas o usan máscaras de animales han inundado las redes sociales. Son los “therians”, una subcultura, amplificada por TikTok, cuyos miembros afirman sentir una conexión espiritual o psicológica profunda con una especie animal.
Es fácil sonreír o etiquetar esto como una extravagancia pasajera. Sin embargo, como sociedad, haríamos bien en preguntarnos no qué son, sino qué nos dice su presencia sobre nosotros mismos. Detrás de las máscaras y los videos virales se esconde una realidad más humana de lo que parece.
Sociólogos y psicólogos coinciden en que esto no es una enfermedad, sino un síntoma. Es el reflejo de una juventud que clama por una identidad en un mundo quebradizo. “Tiene que ver con la adolescencia en sí, esta etapa central de la construcción de la identidad”, explican los especialistas.
En una sociedad que a menudo rechaza, discrimina o violenta a los jóvenes, encontrar un grupo, incluso, uno de “zorros” en internet, se convierte en un refugio para no ser rechazado. Es la búsqueda desesperada de pertenencia en una realidad que ya no ofrece tribus claras. Desde una perspectiva más honda, la nuestra, la cristiana, este fenómeno debería conmovernos, no escandalizarnos.
Porque si rascamos la superficie, lo que encontramos es un grito existencial que la Sagrada Escritura conoce bien. El salmista se preguntaba: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” (Salmo 8, 4). El joven “therian”, a su manera, se hace la misma pregunta: “¿Qué soy? ¿Valgo? ¿Tengo un lugar?”.
La confusión actual no es nueva; es la herida de quien ha perdido de vista su origen. Y es que la respuesta a esa pregunta es el núcleo de nuestra fe. El Génesis nos revela que no somos un accidente, ni un alma atrapada en una cáscara equivocada. Fuimos creados “a imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1, 26-27). No es un adorno, es nuestra esencia.
La tradición cristiana, con una lucidez que hoy resulta revolucionaria, defiende la unidad indisoluble entre el cuerpo y el espíritu. El cuerpo no es una prisión de la que huir, sino el lugar sagrado donde nuestra alma se manifiesta y expresa.
Fue San Ireneo de Lyon, padre de la Iglesia del siglo II, quien acuñó una frase que ilumina este fenómeno del siglo XXI: “Gloria Dei vivens homo”, es decir, “La gloria de Dios es el hombre que vive plenamente”. Para San Ireneo, que combatía ideas que despreciaban lo material, Dios no se glorifica en lo etéreo, sino en la vida concreta, en la carne que sufre y ama. Por eso, el camino no es escapar de lo humano, sino vivirlo en plenitud.
El Concilio Vaticano II, recogiendo esta sabiduría, afirmó que “Cristo, el nuevo Adán, revela plenamente el hombre al propio hombre”. Fuera de ese espejo, el ser humano se convierte en un enigma para sí mismo, un ser a la deriva que intenta reinventarse para sobrevivir. Aceptar la propia piel, con sus límites y su grandeza, no es una resignación mediocre.
Es el primer acto de una vocación inmensa. Quizá, en el fondo, estos jóvenes no quieran dejar de ser humanos.Quizá lo que buscan, a tientas y con torpeza, es una forma de sentirse vivos.
Y nosotros, los que creemos en la creación y el creador, tenemos la respuesta definitiva que ofrecerles: que su anhelo de plenitud no se satisface imitando a un animal, sino descubriendo al Hombre que da sentido a todo hombre, Cristo. Porque la gloria de Dios, insiste San Ireneo, es precisamente eso: que el hombre esté vivo, vibrante, y en paz con su propia imagen, que es reflejo de su divino creador.