20/03/2026
09:10 AM

Salarios de los gobernantes

Juan Ramón Martínez

En la medida en que el gobierno se ha convertido en un premio para los agresivos --que lo han transformado en botín-- todo ha cambiado. Por ello, ahora los periodistas, algunos políticos sensibles y los analistas se han preguntado cuáles son los salarios de los gobernantes. Aunque se sabe muy poco – porque el gobierno y sus gobernantes siempre son turbios y, por ello, poco transparentes– no faltan las personas que preguntan cuánto gana la Presidenta de la República, el asesor “magnífico” y los ministros. En las redes sociales, hemos leído que Marlon Ochoa, en su primer empleo, se ha comprado una casa de 14 millones de lempiras. Todo un récord. Un éxito total, de una juventud vigorosa. Y “ejemplar”.

A la pregunta de un periodista, inteligente inquisidor, como debe serlo, Mel ha respondido con evasivas. Habló de cantidades máximas y le restó, con inigualable capacidad aritmética que no le es habitual, los impuestos que quiso decirnos que pagan los gobernantes. Pero, como si se sintiera agredido, repostó que si quería, “te puedo preguntar si tú sabes cuánto ganan los grandes empresarios, los presidentes de los bancos”. El periodista se quedó impávido. Él no se atrevió, porque de repente, algo en su fuero interno, le hizo evitar el ridículo de poner en la misma balanza los ingresos de los ejecutivos de la empresa privada, sometidos a la soberanía de sus socios y accionistas; o, ante el riesgo de incurrir en un delito penado por la ley. Nunca se sabe. La mente de Mel Zelaya es un caso científico que los neurólogos tendrán que estudiar en el futuro.

Como algunos han escuchado las declaraciones del gobernante de facto, es necesario hacer algunas acotaciones. Los funcionarios públicos son empleados del pueblo que les paga por sus servicios las cantidades establecidas en el presupuesto. Y, algo más, según ha dado a conocer el comisionado Moncada, encargado de construir la grama de los estadios. Moncada, orgulloso, dice que él solo con su cargo, en un periodo, tiene su futuro asegurado. Confiando lo que ya se sabe: que para algunos compatriotas la política --dañados por la falta de espíritu público-- es el mejor negocio de sus vidas. Otros, que nunca habían trabajado, se quejan que 100,000 lempiras es muy poco y no les alcanza para sus necesidades de “nueva clase” social, al decir de Milovan Dijlas.

El salario de los ejecutivos privados no tiene el gobierno por qué establecerlos o vigilarlos. La ley no lo faculta. El control de la empresa privada –libre empresa la llamaban los líderes del Cohep en tiempos del populismo militar– es asunto de sus socios, inversionistas y prestatarios. Normalmente estos salarios, contrario a los ejecutivos públicos, están sometidos a las exigencias de los resultados. Más éxito, más remuneración. Mel fue empresario, con control familiar del capital. Sabe de estas cosas y entiende cuáles son las causas de los fracasos empresariales, como nosotros también. Y sabe que el salario, excepto cuando se tiene una asamblea de incompetentes, es una palanca para el éxito. Porque en la empresa privada – en el odiado capitalismo tan denigrado por Rixi Moncada, Salgado y Milton Benites -- lo que vale son los resultados.

Pedagógicamente se nos ocurre recordarles un ejemplo que de repente no conocen, que Lee Iacocca asumió la dirección de una empresa automovilística en dificultades y el sueldo era de 1 dólar al año. Claro, una vez que la recuperó, ganó millones en el cargo. Bien justificados, por sus resultados.

No tenemos por qué enfrentar, subordinados – gobernantes – con ciudadanos contribuyentes. Especialmente en sociedades democráticas. En Cuba no hay empresas privadas. Ni libertad. Allá, sí.

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