Baruch Spinoza entendió muy bien los conceptos de la libertad y la responsabilidad. Fue más allá de lo externo, para explorar la libertad para pensar.
Los valores relativistas occidentales, cargados de un nihilismo que llenaría de orgullo a Nietzsche, constituyen obstáculos mentales para el ejercicio del pensamiento que es, la base de la libertad. Y que se convierten en el caldo de cultivo del resentimiento.
Normalmente, creemos que el obstáculo de la libertad, para pensar y actuar ejerciendo el libre albedrío, lo representa la autoridad exclusivamente. Por ello, la autoridad familiar está en crisis, como la local, nacional e internacional.
Pero el enemigo de la libertad está dentro de nosotros mismos. Orwel lo intuyó con mucha anticipación. Para quitarles la libertad a los demás hay que entrar en su cerebro, para desde allí movérlos, -como un robot- en la dirección que el manipulador quiere. Y para mover a los jóvenes, especialmente, que están rebelados en contra de la autoridad, solo hay que estimular el resentimiento y la amargura. No solo de los pobres, sino que también de los ricos. Por lo que hay abandonar la ingenua creencia que entre más cosas damos, mejores conductas producimos.
Cada cuatro años, casi medio millón de jóvenes van a las elecciones. Los de 18, 22, 26 y 32 años eligen a las autoridades.
En El Salvador, Bukele entró en el cerebro de esos jóvenes y orientó su odio a la autoridad y su resentimiento en contra del poder. Y logró una mayoría extraordinaria. Si tiene algún mérito es que, por alguna forma, conoció el pensamiento de Spinoza. Se apoderó del cerebro de los jóvenes y dirigió su resentimiento natural en dirección a sus intereses.
Las élites hondureñas – poco aficionadas a la lectura, la reflexión y a escuchar a los pensadores – no se han dado cuenta de la naturaleza del problema. Por ello están usando la fuerza para fortalecer la autoridad y a través de la dependencia destruir la responsabilidad y frenar el natural ejercicio de la libertad. Y están equivocadas.