Reflexión sobre “Memorias de un canalla”

“Vivimos tiempos en los que el cinismo se ha vuelto una virtud política, donde decir cualquier cosa sin rubor se interpreta como autenticidad”.

Para mí que Ramón Amaya Amador es un prócer de esta linda tierra, Honduras. Cada vez que cojo uno de sus libros, termino pegado al libro sin poder irme a dormir. Es un autor tan descriptivo que pinta una película en la cabeza. ¿No les parece? Pues mi libro favorito hasta ahora, aunque debo confesar que aún no he leído todas sus obras, es “Memorias de un canalla”.

Lo que hace a “Memorias de un canalla” tan inquietante no es solo su calidad literaria, sino la vigencia de su protagonista. El canalla que Amaya Amador construye no pertenece únicamente a una época pasada ni a un contexto local, sino que más bien es una figura universal que hoy reaparece, maquillada de liderazgo, envuelta en discursos de grandeza nacional y rodeada de multitudes que celebran su descaro como si fuera valentía. No es difícil reconocerlo en ciertos líderes políticos contemporáneos que han hecho de la mentira un método, del ego una ideología y del conflicto un espectáculo. Hombres que se presentan como salvadores del pueblo mientras usan el poder como negocio personal y la política como escenario para alimentar su narcisismo.

El protagonista de la novela comparte con esos líderes una cualidad esencial: la absoluta ausencia de pudor. No siente vergüenza por sus contradicciones porque no cree en ellas. Puede hablar de justicia mientras pacta con la injusticia, defender a los humildes mientras se rodea de privilegios, invocar principios que jamás piensa cumplir. Su genialidad, si se le puede llamar así, no está en su inteligencia moral, sino en su capacidad para leer el entorno y explotar sus debilidades.

El canalla entiende que, en sociedades cansadas y desiguales, la gente no siempre busca verdad, sino alguien que parezca seguro de sí mismo.Esa lógica no es ajena a Honduras. Aquí abundan los políticos que se llenan la boca hablando de la clase obrera, que se presentan como hijos del pueblo, que juran lealtad a los trabajadores mientras, en la intimidad de sus alianzas, sellan matrimonios estratégicos entre sus hijos y los descendientes de grandes acumuladores de capital, de viejas familias plutocráticas y de latifundistas que han controlado la tierra y la riqueza por generaciones. Es un gesto antiguo, casi feudal, pero aún eficaz: el discurso se queda en la plaza pública; el poder real se hereda en los salones privados. El canalla de Amaya Amador hace exactamente eso. Entiende que el poder no se grita, sino que se administra. Que las grandes palabras sirven para tranquilizar conciencias ajenas, no para guiar la propia. Su vida es una sucesión de acomodos, favores y lealtades flexibles. No cree en causas, cree en oportunidades, y es quizá la razón por la que resulta tan reconocible hoy.

Vivimos tiempos en los que el cinismo se ha vuelto una virtud política, donde decir cualquier cosa sin rubor se interpreta como autenticidad, y donde la falta de escrúpulos se confunde con fortaleza de carácter.Lo más perturbador del protagonista no es lo que hace, sino lo convencido que está de su propia astucia. Cree que domina el juego, que siempre cae de pie, que su cercanía al poder lo hace indispensable. Pero la novela deja claro, con una ironía silenciosa, que el sistema no lo necesita tanto como él cree. Es útil mientras sirve, pero prescindible cuando estorba. Como muchos líderes actuales, confunde atención con trascendencia y permanencia con legado.

Al final, “Memorias de un canalla” no es solo el retrato de un hombre sin principios, sino la radiografía de una cultura política que premia la simulación y castiga la coherencia. Ramón Amaya Amador nos recuerda que los canallas no gobiernan solos, sino que prosperan porque encuentran sociedades dispuestas a tolerarlos, a imitarlos o, peor aún, a admirarlos. Leer esta novela hoy no es un ejercicio de nostalgia literaria, sino un acto de lucidez, pues mientras sigamos aplaudiendo al canalla moderno, con traje, micrófono y eslogan, seguiremos viviendo en el país que él describe, aunque finjamos no reconocernos en el espejo.

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