Han sido salvados por la misericordia divina los “marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil de todas las tribus de Israel… Después vi una multitud enorme, que nadie puede contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban delante del trono y del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en la mano. Gritaban con voz potente: la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”, Apoc 7 4,10. Aquí están, además de los que siguen explícitamente a Cristo, los que siendo hombres y mujeres de buena voluntad, en todas las épocas, lugares, culturas y creencias se dejaron llevar por el Espíritu y no hicieron daño a nadie, sino que amaron y construyeron un mundo nuevo.
Son aquellos que “llevaban su nombre (el de Cristo) y el nombre del Padre grabado en la frente. Son los que no se han contaminado con mujeres y se conservan vírgenes. Éstos acompañan al Cordero por donde vaya. Han sido rescatados de la humanidad como primicias para Dios y para el Cordero. En su boca no hubo mentira: son intachables”, Apoc 14, 1-5. Son las personas que no se contaminaron con ninguna idolatría, (virginidad según el Apocalipsis), sino que lucharon siempre por mantenerse fieles teniendo un solo Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en su corazón. Estos son aquellos que siendo discípulos de Cristo, siguiendo las bienaventuranzas, el camino de la cruz, amando a Dios por encima de todas las cosas y al próximo como a sí mismos, han construido el Reino de Dios en la tierra.
Los que se salvaron fueron aquellos que lucharon contra el “dragón rojo enorme, con siete cabezas y diez cuernos… Con la cola arrastraba la tercera parte de los astros del cielo y los arrojaba a la tierra. El dragón estaba frente a la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a devorar a la criatura en cuanto naciera”, Apoc 12, 3-4. Esa mujer es la Iglesia que da a luz en medio de la hostilidad y persecución a Jesús el Mesías. Es la Iglesia, predilecta de Dios, perpetuamente joven y hermosa, partícipe de la vida de Dios y que es madre anunciada y sufre por los dolores de parto. Es la Iglesia perseguida y excluida, mártir y fiel a Dios, que sigue dando a luz a Cristo en toda la historia. El dragón posee un poder extraordinario pero no absoluto, quiere ser como Dios y persigue con saña a la mujer. Pero es vencido por el Arcángel Miguel que arrojó al Dragón, Diablo o Satanás de su lugar en el cielo a la tierra. “Llegó la victoria, el poder y el reinado de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo; porque ha sido expulsado el que acusaba a nuestros hermanos… Ellos lo derrotaron con la sangre del Cordero y con su testimonio, porque despreciaron la vida hasta morir,” Apoc 12, 10-11.
Los que se salvaron fueron los que no adoraron a la fiera de los diez cuernos y siete cabezas, la que ofende a Dios continuamente, la que “abrió la boca blasfemando de Dios, blasfemando de su Nombre y su morada y de los que habitan en el cielo... la adorarán todos los habitantes de la tierra cuyos nombres no están registrados desde el principio del mundo en el libro de la vida del Cordero degollado,” Apoc 13, 6-8. Son aquellos que no cayeron en la tentación de dejarse llevar por los encantos del mundo y no fueron idólatras, riéndose de Dios y de todo lo que es santo, creyendo que lo terreno es más grande que Dios. No blasfeman contra el Señor ni atentan contra nada de lo que es santo.
Los que se salvaron fueron los que no adoraron a la “otra fiera… que obligaba a todos los habitantes de la tierra a adorar a la primera fiera… y hace grandes señales… y manda a los habitantes de la tierra a fabricar una imagen de la fiera herida a espada y todavía viva,” Apoc 13,11-15. Esa otra fiera dio vida a la imagen de la primera fiera, haciendo que los seres humanos adoren esa gran mentira del poder humano creyéndose Dios. A todos “hace que les pongan una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que el que no lleve la marca con el nombre de la fiera o con los numerales de su nombre no pueda comprar ni vender”, Apoc 13, 16-17. Representa todo poder que excluye a los seres humanos de los bienes de la creación produciendo esa pobreza extrema que hace la vida inhumana. Sus secuaces no verán la gloria del Señor, con quien somos invencibles.
