Uno de los pasajes más famosos de la Biblia es el que habla del amor. La descripción que hace la versión Nueva Traducción Viviente me parece interesante. Esta dice: “El amor es paciente y bondadoso. El amor no es celoso ni fanfarrón ni orgulloso ni ofensivo. No exige que las cosas se hagan a su manera. No se irrita ni lleva un registro de las ofensas recibidas. No se alegra de la injusticia, sino que se alegra cuando la verdad triunfa. El amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia” (1 Corintios 13:4-7).

Cuando pienso en lo que dicen estos versículos, la imagen de mi mamá aparece casi al instante. Y me imagino que usted me dice: “A mí me pasa lo mismo”. Esto es así porque esa persona a la que llamamos “mamá” se propuso —y continúa proponiéndose— hacerlos realidad contra viento y marea.

El secreto está ahí, querido lector, en proponerse, en hacer propósito en el corazón de ejecutar algo. El verdadero amor siempre se demuestra por medio de la acción. ¿No le parece que es un magnífico ejemplo? ¿No le parece que es algo digno de enaltecimiento y gratitud? Por eso, sea con palabras, letras o a través de una oración, digámosle a nuestra mamá con todo el ser: gracias por amarme con puro amor. Gracias porque nunca te has dado por vencida.

Gracias por no perder la fe y tener siempre esperanza en mí. Gracias por mantenerte siempre firme en toda circunstancia y hasta por hacerme rico (a), pues ningún hombre o ninguna mujer que tenga una mamá como tú es, o podrá ser, pobre nunca. Luego digámosle a Dios: gracias por bendecirme a través de mi mamá. De todos los regalos que me has dado, ella es uno de los más abundantes y valiosos. Como lo diría el poeta: el amor de mi mamá es el velo de luz suave entre mi corazón y tú. ¡Feliz Día de las Madres!