Estamos en una nueva etapa en el entramado de las relaciones internacionales, con fuertes cambios que suceden rápidamente, que nos dan poco espacio para asimilarlos. Si hay algo que define el contexto global en este momento es el pragmatismo, con enfoque claro en resultados, que no necesariamente compite con valores, sino con la rigidez en su aplicación.
La narrativa “idealista” queda subordinada ante una que privilegia el interés nacional, algo a lo que estamos poco adaptados, especialmente en América Latina, en la que hemos escuchado por décadas discursos marcados por las ilusiones.
Apenas es enero de 2026 y el mundo que se asoma es uno que nos parece muy diferente al del año recién pasado, aunque ya desde entonces se reconfiguraba.
Estamos en un escenario internacional con varias características claves, una de las más claras es el debilitamiento del multilateralismo, especialmente con el anuncio reciente de Estados Unidos sobre su retiro de 66 organismos internacionales, 31 de ellos del sistema de las Naciones Unidas.
Aún no sabemos el impacto de estas decisiones en el mundo, especialmente cuando estos espacios son relevantes para el diálogo, el establecimiento de consensos mínimos sobre temas de carácter social y ambiental.
Así, en este contexto, las relaciones bilaterales adquieren una mayor relevancia, que parece privilegiar los resultados prácticos, ágiles y claros, expresados muchas veces de forma contundente y directa.
Los anuncios y las advertencias no son simple retórica, sino determinaciones que se hacen realidad. Eso es quizá lo que más nos asombra, al menos en Honduras, donde estamos mal acostumbrados a que no haya temor para desdecirse sobre aseveraciones anteriores, aunque haya evidencia de ellas.
El mundo parece multipolar, pero no en bloques sólidos ideológicos, sino por esferas de influencia, guiadas por el interés nacional, los recursos fundamentales para el desarrollo de la industria actual y, por supuesto, el poder. La dependencia asimétrica es un enfoque que podría ser adecuado para buscar comprender la realidad actual, con un ingrediente adicional: las asimetrías se han profundizado.
Los avances tecnológicos actuales, como la inteligencia artificial generativa, que también son evidentes en la industria armamentística, marcan una gran diferencia. No basta tener los recursos indispensables, sino también el conocimiento y, justo allí, el mundo está dividido por grandes abismos.
Ese es el contexto global en el que el nuevo Gobierno hondureño deberá navegar. ¿La clave? Asumir un poco de ese pragmatismo -algo hay en nuestro vecino El Salvador- y adaptarlo a nuestra propia realidad, balances internos y prioridades nacionales.
Las relaciones con Estados Unidos son clave y marcan el rumbo. ¿Cuál será nuestra posición con China y Taiwán?, ¿con Israel y Palestina?, ¿con la región centroamericana y el resto de América Latina? Es una tarea seria para el nuevo Gobierno. Primero toca resolver otros temas internos emergentes.