Era mediodía y el calor se enseñoreaba por toda la campiña que rodeaba el pozo de Jacob, cerca de Sicar, dentro de Samaría, la rebelde región que se apartara del reino de Judá, diciendo que a Dios se le encontraba más en el monte Garizín que en el templo de la nación judía.
Aparece una mujer morena, curtida por el sol, alta y con un cántaro a cuestas, caminando en dirección al pozo a buscar agua para su casa y al llegar al mismo observa con desprecio a un judío sentado mirándola tímidamente, con una leve sonrisa dibujada en su rostro. Ella se acerca y al dejar la gran vasija de barro en el suelo, sobresale su largo cabello negro que se escapa de su blanco velo y se posa sobre su desnudo hombro. Inclinada mira con sus ojos claros de reojo el rostro del forastero misterioso. Jesús la observa con sus ojos puros, reflejando una gran mansedumbre y sin dejar pálidamente de sonreír, la invita a dialogar, rompiendo el muro que a los dos pueblos dividía.
“¡Mujer dame de beber!” Estas palabras aparecieron como un relámpago y trueno que resonaron en el oído de la samaritana en multitud de pequeños ecos que llegaron al fondo de su alma. “¿Qué pasa, por qué me habla así? ¿Quién es este? Pareciera hubiera oído esa voz desde siempre, pero no, no es posible, es un vulgar judío, ignorante y atrevido. ¿Cómo osa dirigirme la palabra, sabiendo que por mucho tiempo hemos erigido una frontera entre ellos y nosotros, creando intransigencias y maldiciones mutuas y eso pesa mucho, al extremo de creernos los unos superiores a los otros?”
“¿Cómo darte de beber a ti, si tú y yo somos hijos de una historia de fanatismo en la que nos hemos condenado largamente? No me vengas con cuentos persas que bien sé yo que cuando un hombre desea a una hembra presenta su cara bonita y sus promesas falsas, para luego dar un zarpazo certero a la víctima y desaparecer. ¡Cuidado!”
“Si tú supieras quién soy yo, tú me hubieras pedido que te diera de beber”. “¿Cómo? Pero ni tienes cántaro, ¿cómo vas a sacar el agua del pozo?” Ya para ese momento la mujer samaritana estaba siendo tocada en su alma por el candor, la suavidad, el brillo, la sabiduría y la ternura del corazón divino del hombre sentado cerca del pozo. Dice Jesús: “Yo tengo un agua más cristalina y pura, más sabrosa que el mejor de los vinos, que al tomarla calma la sed para siempre. Es agua que viene de los manantiales íntimos del corazón divino y sacia la sed del más sediento de los mortales, esa sed de vanidades, de lujurias e idolatrías. Le hace desterrar al hombre viejo, dejándolo libre como el viento. Lo hace capaz de aguantar las tribulaciones, emprender proezas para construir el Reino, perdonar setenta veces siete y esperar con certeza la manifestación de las Tres Divinas Personas, al final de la historia, abriendo las puertas del cielo para gozarnos de Dios para siempre y en armonía con los demás, los innumerables coros de mártires y vírgenes, de profetas y confesores de la fe, de hombres y mujeres que tomaron la cruz de cada día y amaron a Dios en primer lugar y al próximo todos los días, de personas de buena voluntad que adoraron a Dios en miles de ritos y culturas. “Yo quiero de esa agua, yo quiero”, contestó la mujer entusiasmada.
“Sí, ¿pues dónde está tu marido? Pues has tenido cinco maridos, y el que ahora tienes no es tuyo”. ¿Sabes por qué? Porque has buscado en los hombres lo que solamente Dios puede darte. Has endiosado al que te ofrecía el cielo en la tierra, desesperándote al ver que se derrumbaba pronto la imagen que de él tenías, viendo sus defectos y pecados, sus grandes vacíos como ser humano, quedando frustrada y desecha, para luego repetir lo mismo. Te buscaban por tu cuerpo y tus placeres, tu compañía y tus dineros, todo para pasar un tiempo, no muy largo pero placentero, para dejarte por otra más bonita o más tonta, quedando tú sola en el desamparo. Sólo Dios llena al alma y calma la sed de trascendencia, llegando a todos los rincones del corazón; sólo Él es el totalmente fiel y quiere lo mejor para ti”.
Y ella pecadora se encontró con Dios, pidió perdón y se volvió misionera. Anunció a su pueblo que había encontrado al Mesías, que ya no necesitaba de ídolos terrenos, que tenía todo, al Dios bueno y santo, que se manifiesta en Jesucristo con quien somos invencibles.
