En muchos países de raigambre cristiana, mañana, fiesta de San José, se hace homenaje a la paternidad; se celebra a todos aquellos que han no solo engendrado unos hijos, sino también desempeñado el rol consecuente, con todo el compromiso y el esfuerzo posibles.
Ser papá nunca ha sido fácil. En principio porque la paternidad bien ejercida exige, como premisa, la lucha por ser buen esposo. Yo pienso que el hombre que no pone los medios para hacer feliz a su esposa, tampoco sabrá ser buen padre. Hay un tema de ejemplaridad dentro de la relación conyugal que luego trasciende a los hijos. Hace falta ser un compañero de vida por lo menos respetuoso, considerado, solidario y cariñoso para que los hijos vean en el padre una figura a imitar y digna también de respeto y de ser querida.
En muchas ocasiones, también desde esta columna, me he quejado de la discreción con la que se celebra el Día del Padre. Si se compara con todo el bombo con que se hace homenaje a las madres en mayo, aunque, en los últimos años considero que se nos hace un poco más de ruido, el punto de comparación entre ambas celebraciones nos pone en clara desventaja. Se pueden esgrimir argumentos históricos o sociológicos para explicar el hecho, pero mantengo el reclamo de que se debería reconocer más y mejor la labor que los padres desempeñamos y homenajearnos en consecuencia.
No estoy de acuerdo en que, a la hora de juzgar a los padres, se nos endilgue un discurso difamatorio y se nos meta a todos en la bolsa de los “machistas violentos y maltratadores”, que no hacen sino daño en el ambiente familiar. Tuve la suerte de tener un padre sereno y respetuoso, que, no obstante, el contexto en el que creció, olanchano, además, nunca vi tratar mal a mi madre ni ejercer ningún tipo de violencia, física o psicológica, contra ella. No procedo de otro planeta y conozco otras historias menos afortunadas, algunas dramáticas, pero no suficientes como para generalizar ni para ponernos a todos la misma etiqueta.
Los hijos, así como necesitan una madre, urgen de un padre. Son dos diferentes estilos de querer, de educar, de influir en la existencia. Hay que conocer muy poco la naturaleza humana, o haber tenido una experiencia personal particular, para decir lo contrario.
Hay muchísimos señores, y yo espero ser contado entre ellos, que han dado la batalla por trascender positivamente en la vida de sus hijos. A ellos mis felicitaciones en la fiesta de mañana.