Paternidad presente

A propósito del Día del Padre en Honduras, una reflexión personal recuerda el valor de la paternidad activa y el impacto que tiene la presencia o ausencia del padre en la vida y desarrollo de las familias.

  • Actualizado: 15 de marzo de 2026 a las 23:45 -

Cuando él falleció, yo acababa de cumplir 25 años. A mis 52 llevo más tiempo de vida sin la presencia física de mi padre que el tiempo compartido con él; sin embargo, sus consejos, anécdotas y lecciones de vida me acompañan siempre y cobran un mayor sentido ahora que tengo mi propia familia.

Fue un padre presente y de alguna manera lo sigue siendo. No estoy segura de que él se haya dado cuenta de lo que sembró en su familia a lo largo de su vida, pero sí me queda la certeza de una decisión que tomó: ejercer una paternidad activa.

Es casi imposible no hacer acopio de la propia historia, especialmente cuando en Honduras se acerca la celebración del Día del Padre, el 19 de marzo, una fecha que no resuena de la misma manera que el Día de la Madre. Hay motivos de fondo, detrás de aquello que nos parece normal. Veamos.

La Encuesta Permanente de Hogares de Propósitos Múltiples, del Instituto Nacional de Estadística, nos señala que cerca del 37.2% de los hogares hondureños son biparentales; es decir, están integrados por ambos cónyuges.

Hay un 38% de hogares que son liderados por mujeres, en ellos hay ausencia del padre por motivos como la falta de reconocimiento, migración y separación.

Más allá del impacto económico que esto significa en los hogares monoparentales, hay que tomar en cuenta que la ausencia paterna impacta en otros ámbitos de la vida.

La paternidad activa no solamente es la que se encarga de cumplir con su rol como proveedor del hogar en el sentido exclusivamente económico, también en el sentido socioemocional.

Por encima de la relación de pareja, el vínculo padre-hijo/a no debería romperse, considerado su papel relevante en su formación integral; sin embargo, ese es un escenario ideal, no la realidad cotidiana.

La crianza de los hijos en hogares monoparentales implica una sobrecarga para quien debe ejercer una doble responsabilidad que excede, por mucho, el solo cumplimiento de las obligaciones económicas.

Por supuesto que es posible salir adelante en hogares en los que no esté presente el padre, porque el ser humano es capaz de desarrollar la resiliencia que le permite adaptarse a las circunstancias y lograr su pleno desarrollo; no obstante, el camino puede ser menos complejo si logramos mejorar las condiciones. ¿Cómo hacerlo?

Rompiendo ciclos; es decir, sin repetir esquemas afianzados en frases como “a mí así me tocó y aquí sigo”. Educando en nuevas masculinidades, replanteando el concepto tradicional de ser hombre desde una perspectiva machista hacia otra basada en la corresponsabilidad, la expresión emocional y en las relaciones basadas en el respeto mutuo.

Para romper ciclos es preciso sanar las propias heridas y atreverse al cambio, comprendiendo que el camino de reconstruirse no siempre es sencillo, pero el resultado lo vale. Hay muchas opciones comunitarias que deben ser visibilizadas y aprovechadas para avanzar como sociedad. Que el Día del Padre no sea una fecha vacía, sino también un momento de acercamiento... y quizá de perdón.

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