Pasar la página y duelo social

Tras el cierre de las elecciones, más allá de los resultados oficiales, persiste un estado emocional colectivo marcado por el desgaste, la incertidumbre y una sensación de duelo social.

  • Actualizado: 02 de enero de 2026 a las 23:55 -

Sin ánimo de insistir en los perjuicios que una clase política minoritaria ha dejado en la mayoría, hacer una radiografía emocional de la sociedad después de un evento político de alta carga simbólica puede resultar sano: traer al consciente lo vivido para asimilarlo y, para algunos, “pasar la página”.

Las elecciones terminaron, las actas se cerraron y las declaratorias se emitieron. Pero algo más quedó abierto. No es un expediente legal ni una discusión partidaria; es un estado emocional colectivo difícil de nombrar. Lo vivido no fue únicamente un proceso electoral intenso, sino un acontecimiento simbólico que atravesó la vida cotidiana, las conversaciones familiares, el ánimo social y la salud mental de una sociedad cansada.

Por eso, este no es un análisis de resultados ni una defensa de posiciones. Es una radiografía emocional de lo que ocurre cuando una sociedad pierde confianza, pierde certezas y empieza a normalizar el malestar como si fuera parte del paisaje. Cuando el ruido baja, lo que queda no siempre es calma; a veces es duelo.

Los rumores que nadie desmiente y que, por repetición, terminan siendo aceptados; la resignación frente a prácticas que no son correctas, pero se toleran porque “así siempre ha sido”; y las promesas de bienestar inmediato se traducen en una apatía silenciosa de quienes sienten que participar ya no tiene sentido.

Vivimos en una era de infodemia permanente. El exceso de información, mezclado con desinformación, no solo confunde: desgasta. Satura la mente, erosiona la confianza y empuja a las personas a aferrarse a percepciones coherentes, aunque no necesariamente verdaderas. La sociedad empieza a actuar como si esa percepción fuera un hecho y espera que los demás hagan lo mismo.

Así se construyen realidades perceptivas que no requieren pruebas para operar, solo coherencia, repetición y aceptación social. No controlan a las personas, pero explican por qué comunidades enteras pueden adaptarse al malestar, justificar lo injustificable o convivir con la incertidumbre como estado permanente.

Nombrar este periodo como duelo social no es dramatizar. Es reconocer que, después de eventos que concentran expectativas y frustraciones, una sociedad necesita algo más que pasar la página. Necesita detenerse, mirarse con honestidad y preguntarse qué perdió en el camino. Solo así el duelo puede transformarse en conciencia y la conciencia en posibilidad de recomposición social.

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