Una palabra entre tantas voces

Cada 30 de septiembre, la Iglesia católica celebra la memoria de San Jerónimo de Estridón, una de las figuras intelectuales más importantes del cristianismo antiguo y el gran traductor de la Sagrada Escritura en Occidente.

Recordarlo al finalizar el Mes de la Biblia no constituye solamente un ejercicio de memoria histórica. Su vida y su obra nos colocan ante una pregunta que sigue siendo fundamental para la Iglesia: ¿qué lugar ocupa realmente la Palabra de Dios en nuestra vida?

Jerónimo nació hacia el año 347 y recibió una sólida formación clásica. Su conocimiento del latín y del griego, unido posteriormente al estudio del hebreo, le permitió emprender una tarea de enormes consecuencias para la historia de la Iglesia: revisar las traducciones latinas existentes y traducir importantes textos bíblicos desde sus lenguas originales.

De aquel prolongado trabajo surgiría la versión conocida como la Vulgata, que durante siglos tendría una influencia decisiva en la liturgia, la teología, la predicación y la cultura cristiana occidental.Su labor tampoco puede reducirse al ejercicio técnico de trasladar palabras de una lengua a otra. Jerónimo comprendió que acercarse a las Escrituras requería estudio, disciplina, conocimiento de las fuentes y búsqueda rigurosa de su sentido. Por eso conserva tanta fuerza aquella conocida afirmación suya: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. No se trata simplemente de una invitación a leer más, sino de reconocer que el conocimiento de Jesucristo está profundamente vinculado con la escucha de la Palabra.

Esta enseñanza resulta especialmente actual. Vivimos rodeados de información y, paradójicamente, buscamos certezas con creciente ansiedad. Cada día recibimos noticias, opiniones, interpretaciones y mensajes que intentan decirnos cómo comprender la realidad.

Las redes sociales multiplican las voces y aceleran las respuestas, pero tener más información no significa necesariamente comprender mejor ni discernir con mayor profundidad.En este contexto, volver a la Palabra de Dios no significa buscar respuestas fáciles para problemas complejos.

La Biblia tampoco puede convertirse en una colección de frases utilizadas para confirmar aquello que previamente queremos pensar. La Escritura nos exige escuchar, confrontarnos, discernir y permitir que Dios cuestione también nuestras propias seguridades.Eso debería dejarnos la celebración del Mes de la Biblia en Honduras.

Septiembre habrá tenido verdadero sentido si nuestras celebraciones, encuentros y actividades nos conducen a recuperar la centralidad de la Escritura durante todo el año. No basta con colocar solemnemente la Biblia en nuestros templos, llevarla en procesión o dedicarle algunas jornadas. El desafío verdadero comienza después.San Jerónimo dedicó décadas a estudiar, traducir y hacer accesible la Escritura a la Iglesia de su tiempo.

Nosotros vivimos una paradoja diferente: nunca había sido tan sencillo acceder a la Biblia, pero tenerla disponible no significa conocerla. Tal vez ese sea nuestro compromiso después de septiembre: pasar de tener la Palabra al alcance de nuestras manos a permitir que ilumine nuestras decisiones, cuestione nuestras certezas, forme nuestras comunidades y oriente nuestra manera de vivir.Porque la Palabra no elimina todas las preguntas, pero ofrece el horizonte desde el cual podemos afrontarlas con fe y esperanza.

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