La existencia de Honduras —en el presente y en el futuro— es responsabilidad de todos. Creer que todo lo produce y que las dificultades siempre las resuelven los gobiernos, es un error. Honduras es la casa común; y, en consecuencia, su existencia, mejoramiento y desarrollo es responsabilidad colectiva. Por ello, en esta fase II de tiempo nublado, es necesario analizar y evaluar a la sociedad, a la colectividad nacional para que desde el aprendizaje, enmendar, corregir y perfeccionar para poder progresar.

En el plano de las ideas, en la sociedad –y especialmente en la “clase” gobernante— hay algunas ideas equivocadas. Las más generalizadas y por ello más peligrosas son las siguientes: que el gobierno es el responsable de todo lo que se mueve o no en el país; que el grupo gobernante, por haber ganado las elecciones, tiene derecho a hacer lo que le venga en gana; y que los demás solo debemos callar, porque somos cómplices de la dictadura; que los honrados solo son los actuales gobernantes; los demás estamos bajo sospecha; que la necesidad de hacer la revolución puede crearse artificialmente mediante el rechazo, el odio y el miedo; que el camino de Honduras hacia la igualdad pasa por el fácil método de empobrecernos a todos, rechazando y descalificando a los exitosos; y que los que cuestionamos e incluso murmuramos ante las acciones de los gobernantes, somos unos traidores y corruptos incorregibles.

La pedagogía del odio es obvia. Hay que rechazar todo lo hecho en el pasado porque la historia empieza con los actuales gobernantes que no solo tienen la razón, sino que estamos obligados a idolatrarlos y llenarlos de flores y piropos.

Y, en vez de la hermandad, no tenemos el derecho ni siquiera llamar “compañeros” a los gobernantes, porque esa es una clave, exclusiva de los que nos conducen a los ciegos, porque ellos son los únicos que tienen un solo ojo sobre la frente.

Lo más perverso de todo es la pedagogía del miedo. Desde el 27 de enero, la mayoría de los hondureños estamos amenazados. Algunos con el despido; otros con la denuncia.

Se articulan procesos de lucha en contra de la corrupción en que lo que sobresale, más el ánimo de revancha y venganza en contra de los que no les han acompañado en la lucha para refundar al país. Y se profundiza la diferenciación entre los “corruptos amigos y honrados” y los corruptos “verdaderos”.

Estos corruptos son enemigos a los cuales, por esa razón, hay que abrirles las puertas de la administración y del país, no para que entren, sino para que salgan como desafortunadamente dijera Modesto Rodas Alvarado en 1963.

El miedo y la nerviosidad entre todos los componentes del cuerpo social ha aumentado la desconfianza y destruido la fraternidad. De allí, la lucha de unos en contra de otros; los delitos desde los robos, la extorsión y los asesinatos. Los cuerpos de seguridad muestran sus falencias y sus limitaciones éticas. De allí, el generalizado clima de desconfianza.

La falta de unidad nacional es obvia. El individualismo ha abierto las puertas para el odio, la denuncia interesada y la traición abierta en campo libre. No hay lealtades, sino es cambio de favores. Antonio García sostuvo en este periódico que los embajadores, en vez de profesionales, son leales que gozan de la confianza de los gobernantes.

Por eso es que lo embajadores profesionales están estacionados en Tegucigalpa, mientras los improvisados “diplomáticos” hacen tonterías -bajo pago- en el exterior.

En conclusión, el clima creado, desde hace más de 12 años e incrementado y acelerado durante 2022, pone en peligro la existencia de Honduras.

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