Esto que digo sirve para todo y para todos, también para lo concerniente a la Iglesia. Hay muchas, muchísimas cosas que van bien, gracias a Dios. Religiosos y sacerdotes que son fieles a su vocación, obispos entregados a su pueblo, esposos que luchan por su matrimonio y por educar cristianamente a sus hijos, jóvenes que dan testimonio de su fe. Hay también algunas cosas que van mal e incluso que van muy mal. Pero las otras, las que nos suscitan preocupación, también están. Hoy quiero referirme a tres de ellas.
La primera es la fuerte presión que está recibiendo la Iglesia para que claudique en su oposición al aborto, a la eutanasia y a la ideología de género; esta presión -a la que me referí la semana pasada identificándola con un nuevo maltusianismo- está avalada por supuestos datos científicos, según los cuales la humanidad es la enemiga del planeta y hay que reducir su número si se quiere salvar la Tierra y, en definitiva, si se quiere salvar a la propia humanidad; el ser humano es el enemigo a batir y para empezar hay que acabar con los que menos pueden protestar, los débiles. Pero, ante todas estas cosas que me preocupan, recuerdo el consejo de Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta”. Y, cómo no, las palabras de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás por ventura en mi regazo?” “Omnia vincit amor”, “todo lo vence el amor”. No lo olvidemos.
