Casi inmediatamente después de las fiestas de Navidad y Año Nuevo, todos esperamos la semana que viene, la Semana Santa. Y es que la ruptura de la rutina es una necesidad vital. El ajetreo del trabajo, físico o intelectual, nos mueve a desear el descanso con urgencia. Sentimos ganas de dormir más, de comer con menos prisa, de cambiar de ambiente, de pasar tiempo con la gente que queremos, en fin, de hacer aquellas cosas que ordinariamente no hacemos.
Un buen amigo que suele madrugar, por lo menos de lunes a viernes, me decía recientemente que él espera la semana entrante para “invernar”, que soñaba hacer como los osos que se dedican a dormir una buena temporada para recuperar fuerza y continuar su existencia habitual.
Hay muchas maneras de descansar, la peor es la de dedicarse a no hacer nada porque se puede terminar más cansado que antes y con muy mala disposición para retomar la actividad laboral después. Pero cada uno es libre de hacer lo que le apetezca.
Yo, por lo menos, pienso que un descanso reparador incluye leer un buen libro, escuchar la música preferida, comer como Dios manda, tomar, con medida, una bebida espirituosa que se disfrute, conversar sin prisas con la familia o con los amigos y, por supuesto, que, además, esa es la razón de ser de la Semana Santa, rezar un poco más de lo que se hace diariamente y considerar el sentido de estos días, sobre todo durante el Triduo Pascual; es decir, de la tarde del Jueves Santo a la madrugada del Domingo de Resurrección.
Se trata de recuperar energía en todos los sentidos, y los seres humanos no solo tenemos cuerpo, tenemos un componente psíquico-espiritual que también necesita ser alimentado para tomar fuerzas.Por lo anterior, conviene hacerse un “plancito” para estos días que vienen.
Hay un serio riesgo de que pase la semana y no hayamos hecho nada de lo que pensábamos hacer y de haber andado un poco tientas, con lo que podríamos llegar al Lunes de Pascua casi sin enterarnos del tiempo transcurrido. Hay quienes se van a la playa o la montaña, y eso está muy bien.
Yo prefiero quedarme en Tegucigalpa y, desde aquí, desplazarme a los pueblos encantadores que la rodean. Además, así me olvido, por lo menos unos días, de la pesadilla del tráfico del resto del año. Al final, lo importante es hacer un alto en el can-can diario y disfrutar de las pequeñas cosas que la vida nos ofrece a todos.