9 años después de haberme jubilado volví a mi querido hospital Mario Catarino Rivas. Días después aún trato de digerir lo que vi. Con el respeto que se merecen todos voy a decir algo que quizá suene duro: ya no es un hospital, es un mercado.
Desde sus alrededores con negocios de todo tipo, comidas de fritangas, farmacias, distribuidoras de equipo médico, laboratorios clínicos, funerarias, ventas de ropa usada, venta de jugos en bolsa, pulperías. Y para rematar los indomables taxis y buses que se aparcan en plena vía pública esperando pasajeros, sin importarles que se congestione el tráfico. Agentes de tránsito o policías municipales, ninguno.
Los predios del hospital inundados de pacientes y familiares, los encargados de portones están de adorno. Y eso se aplica al interior del hospital. Allí entra quien quiera.
Los pasillos parecen zonas peatonales, personal médico y de enfermería, camillas con pacientes con distintas patologías, personal de los cuerpos de socorro, familiares de pacientes, miles de estudiantes de Medicina en uniformes de todos colores.
La emergencia atiborrada de personas también, pero allí el drama es mayor. Hay un olor, hedor del aire encerrado, a sangre, a sudor, a lágrimas, a podrido, a secreciones corporales.
Pacientes en espera de ser trasladados a salas de hospitalización o ser operados pasan días o semanas allí. Huele a pobreza, a frustración, a dolor de ser pobre, a injusticia social, a indignación, a miseria.
Allí si hay balde no hay quien tire los desechos, y viceversa. Los pacientes tienen que comprar los medicamentos, materiales quirúrgicos, bultos de ropa quirúrgica desechable. Allí se compra la vida, y si no tienes dinero solo hay un resultado seguro.
Si alguien quisiera conocer el dolor genuino debería acercarse allí. Y no es que antes era mejor la situación, los hospitales públicos siempre han sido carentes, pero ahora la realidad les pasó por encima, están desbordados.
Es la suma de años de malos gobiernos, malas políticas de salud, de funcionarios incompetentes, ineptos, sin sensibilidad.
El presidente Asfura ha prometido un cambio y es una esperanza, otra esperanza de nuevo. Debería, así como anduvo por todo el país en época de campaña, llegar sin avisar a esos hospitales.
Que nadie sepa, que sea sorpresa. Que no se preparen para recibirlo. Que vea esa realidad de primera mano, cruda. Que no le cuenten cuentos.
Allí la racha no está activa.