Y es que muchos, a lo largo de la vida, vamos guardando cosas en las que también depositamos parte de nuestros afectos porque hubo un día en el que significaron algo para nosotros, pero que, con el transcurrir del tiempo, van perdiendo entidad y sirven para poco, sino es que para estorbar.
Sucede lo mismo con algunos sentimientos que perviven dentro y que se niegan a irse. Los hay buenos, que vale la pena conservar, pero hay otros que más bien nos hacen daño y que deberíamos despachar con el tren de aseo. De estos últimos conviene hacer una limpieza periódica, a fondo, porque, aunque no causen graves daños, sí pueden quitar un poco de paz y provocarnos algunos padecimientos.
Uno de estos sentimientos que conviene desechar tiene que ver con alguna humillación mal digerida. Quién sabe cuánto hace alguien nos ignoró o nos pasó por alto, o no tomó en cuenta nuestra opinión, o se dirigió a nosotros en tono poco amigable. Y, por ahí, en un rincón del alma, hay un regusto de amargura que se aviva cada vez que la situación acude a la memoria.
A veces conservamos rencorcillos, o rencores francamente tóxicos, que no sirven más que para incomodarnos a nosotros mismos.
No se sabe a ciencia cierta quién lo dijo por primera vez, pero muchos lo han repetido: el rencoroso es como aquel que se toma un veneno y se queda a esperar a que caiga muerta la persona que tiene enfrente. Sucede que el causante de aquel mal sentimiento ni recuerda ni hizo nada deliberadamente, ni tiene conciencia de la molestia causada, mientras nosotros nos dedicamos a lamernos las heridas.
Conviene por eso, con cierta periodicidad, repito, laxar, purgar, nuestro universo afectivo para exorcizar de él todo aquello que en nada nos ayuda a ser mejores y que, más bien, nos empequeñece.