Desde una terrible selección de la imagen para promocionarla hasta la sinopsis (distintas a la versión original), las alarmas se activaron al acusar al filme de querer “normalizar la pedofilia”. La trama gira en torno a una niña de 11 años (de familia africana y devotamente musulmana) que se apunta en clases de twerking o “perreo” con la ilusión de ganar un concurso e integrarse a una sociedad que está plena de esos “modelos” de éxito. Resulta que fue una desafortunada forma de vender la película (galardonada en los festivales de Sundance y Berlín), ya que en realidad retrata dos temas muy en boga: los choques culturales a los que se enfrentan los migrantes y la hipersexualización de las niñas, que cada día se ven más presionadas a mostrarse mayores (de lo que en realidad son) en plataformas como Tik-Tok. Y aunque Netflix se disculpó quedó evidenciado que los creadores o realizadores de películas tienen poco o nulo control sobre la forma en que son promovidas sus obras, algo que sucede desde tiempos inmemorables. Por otro lado, se pone de manifiesto lo que el diario El País denomina “linchamiento preventivo virtual” por parte de un enjambre de multitudes que se dedica a atacar sin analizar y juzgan sin leer más allá de los titulares. De hecho, al momento de redactar esta columna, ya la petición de cancelación de la película tenía más de 250,000 firmas. Lo que sí es cierto es que en la vida real las niñas “perrean”, y es momento de hablarlo, enfrentarlo y evitarlo.
No caigamos en la hipocresía de cancelar una película que visibiliza el tema mientras seguimos aplaudiendo y riendo las “gracias” de letras obscenas con bailes explícitos que, lamentablemente, se convierten en ejemplo de “éxito” y ascenso social.