Como señala un estudioso de la Biblia, emprender un viaje sirve como contexto metafórico cuando el autor de Eclesiastés habla del compañerismo al decir: “Mejores son dos que uno” (Eclesiastés 4:9). “Sacarán más provecho de lo que hacen”, reflexiona. Además, si uno de ellos tropieza, el otro puede levantarlo. Pero pobre del que cae y no tiene quien lo levante. También podrán auxiliarse mutuamente en las temporadas heladas; pero uno solo se muere de frío. “Una sola persona puede ser vencida”, concluye, “pero dos ya pueden defenderse; y si tres unen sus fuerzas, ya no es fácil derrotarlas” (vv. 9-12).
Ese es el viaje de la vida, se podría decir. Un viaje que, de acuerdo con lo expresado, resultará mucho mejor si se hace acompañado. Por otro lado, póngase a pensar cómo sería ese viaje si también se incluye a Dios.
Jed Ostoich lo plantea de esta manera: “A pesar de la perspectiva sombría del autor a lo largo del libro de Eclesiastés, todavía encuentra destellos de esperanza y bondad. La fuerza del compañerismo a lo largo de un viaje puede ser obvia, pero para aquellos que creen en Jesús, adquiere un tono más rico. Al recorrer este camino [de la vida], no estamos solos. Cristo camina con nosotros. Él ya recorrió el camino antes y nos llevará sanos y salvos al hogar de su Padre”.
De ahí que el apóstol pregunte, quién podrá separarnos del amor de Jesucristo. Nada ni nadie. Ni los problemas, ni los sufrimientos, ni las dificultades, ni el hambre, ni el frío, ni los peligros ni tampoco la muerte (Romanos 8:35).
En medio de nuestro viaje podemos estar seguros, entonces, de que Jesús, quien nos ama entrañablemente, nos dará la victoria total. La pregunta es: ¿queremos que Él nos acompañe? Y aún: ¿queremos que Él sea ese buen compañero que haga que nuestro camino parezca más corto y menos empinado?