"Tenía 8 años cuando comenzó mi infierno con el esposo de mi tía"

Esta es la historia de María Lourde Aguirre, hondureña víctima de abuso infantil dentro de su propia familia. Salió de Honduras para poder respirar, y hoy, desde España, decide contar lo que pasó

Tenía 8 años cuando comenzó mi infierno con el esposo de mi tía
  • Actualizado: 15 de enero de 2026 a las 09:21 /
San Pedro Sula, Honduras.

Ella nunca denunció, no porque no hubiera dolor, sino porque el miedo llegó primero y se quedó durante años. “Nunca denuncié, mi familia se enteró cuando yo tenía 18 años”, confiesa María Lourde Aguirre Velásquez, hondureña de 35 años, en una entrevista con LA PRENSA Premium. Sus palabras cargan con la pesadilla que vivió y que aún no la abandona.

Hoy, desde España, puede decirlo en voz alta, durante mucho tiempo no pudo, lo que pasó no comenzó con una denuncia ni terminó con justicia, inició en silencio, en una aldea del sur de Honduras, después de un país arrasado por el huracán Mitch en 1999, cuando apenas tenía ocho años.

Es originaria de una aldea de El Triunfo, Choluteca, donde vivió hasta los ocho años con sus padres y viene de una familia donde, insiste, hubo amor. “Mi mamá fue una madre muy cariñosa y afectiva”, recuerda, como si intentara aferrarse a esos recuerdos antes de que el dolor irrumpiera en su vida.

La infancia parecía protegida, incluso en medio de la pobreza y de los cambios, hasta que la separación de sus padres cambió el rumbo de todo. Su madre tuvo que irse durante seis meses a trabajar a Tegucigalpa y ella, junto a su hermano, quedaron al cuidado de su tía, hermana de su mamá.

El esposo de su tía, quien juraba proteger a los niños, aprovechaba cada ocasión para abusar de María cuando todavía era una niña.

Nunca la ha culpado, su tía fue madre muy joven y hacía lo que podía con sus dos hijos y con los dos de su hermana. “Nunca la he culpado, hacía lo que podía”, repite, dejando claro que el dolor no se dirige hacia allí.

Los hechos ocurrieron en esa casa, poco tiempo después de llegar. A los seis meses se fueron, pero la pesadilla ya había comenzado, tenía ocho años, y hasta entonces, dice, venía de un entorno afectivo, de una infancia con abrazos.

El proceso de separación era difícil, pero nunca violento, su tía siempre había sido justa y correcta con ella y con su hermano. El quiebre llegó con la pareja de la tía, un hombre callado, reservado y trabajador del campo.

A simple vista no parecía un mal hombre, pero en la intimidad se mostró como alguien cruel y violento. Golpeaba a su tía, llenando la casa de gritos y miedo. La vida que conocía María Lourde cambió de golpe, y aquel hogar seguro se transformó en un lugar de tensión y sufrimiento.

El abuso comenzó sin aviso, ella cuidaba a su prima, una bebé de apenas seis meses. “Es lo típico, el niño más grande cuida a los pequeños”, dice ahora con una ironía amarga que apenas disimula el dolor. Un día él llegó antes de la hora, y durante seis meses los abusos se repitieron sin descanso, todos los días o cada vez que surgía la oportunidad. “Mi vida fue un infierno”, confesó con unas palabras que apenas alcanzan a contener lo vivido.

Cuando le tomaron esta fotografía, María ya había comenzado a sufrir los abusos.

La casa era grande, ubicada en el campo, con dos habitaciones espaciosas, una de ellas no tenía puerta, solo una ventana, y para llegar hasta allí había que atravesar la otra habitación, donde dormían los niños.

Él aprovechaba cualquier excusa, como cerrar la ventana, recoger ropa, entrar un momento... “Así cometía las cosas que me hacía”, relata la joven desde el extranjero. Su tía no estaba siempre, por las tardes ayudaba a los abuelos con los animales y, además, trabajaba.

“En la casa quedábamos solo la bebé y yo, totalmente indefensas. Había un vecino cerca, pero no había oportunidad... no podía gritar, me tapaba la boca, era imposible escapar. Los abusos fueron incontables”, recuerda, con un dolor que todavía no la deja.

Luego se fue a vivir con su madre a una casa cercana y propiedad de sus abuelos, pero la cercanía no significó el final del horror, él la acosaba y la perseguía. “No podía quedarme sola porque siempre estaba por allí”, rememora.

Esta imagen muestra a María a los 12 años, aún impactada por los abusos recurrentes de un familiar.

Cuando estaba por cumplir 12 años, su abuelo enfermó gravemente y permaneció ocho meses delicado de salud. La familia se reunía en casa de la abuela, y su madre y su tía cuidaban al abuelo durante las noches.

En teoría, el abuelo dormía con los niños para protegerlos, pero aquel hombre, el agresor, que se ofrecía a “cuidarlos”, tenía otros fines. Él continuaba abusando de ella. “Abusaba de mí de día y de noche, durante meses, durante años”, exclama María, mientras sus palabras arrastran consigo todo el dolor de ese tiempo.

No podía hablar

Él le decía que nadie le creería, y ella lo sabía. Unos vecinos lo habían acusado de acosar a una hija adolescente, pero él lo negó y le creyeron a él.

“Para mí, que era una niña, eso fue suficiente”, comenta, con un hilo de incredulidad y miedo en la voz. A eso se sumaban las amenazas: que les daría una golpiza, que mataría a su familia, que se quedarían solos él y ella, todo eso la obligó a seguir callando, atrapada en un silencio que parecía no tener fin.

Se volvió rebelde, contestona, hacía lo que quería porque sentía que el mundo observaba y nadie hacía nada. “Pero en realidad, mi entorno nunca se lo pudo imaginar”, admite ahora, como si esa rebeldía hubiera sido su única forma de sobrevivir a un secreto que la consumía por dentro.

A los 13 años se fue a vivir a Choluteca. Allí, por primera vez, el abuso físico se detuvo, pero la sombra de lo vivido seguía presente. Evitaba las reuniones familiares en su aldea, no dormía en casa de nadie, llegaba y se iba el mismo día intentando escapar no solo del lugar, sino de los recuerdos que lo habitaban.

A los 15 años, sus padres insistieron en que su fiesta debía celebrarse en la aldea, con los amigos de toda la vida, por lo que no tuvo opción y volvió.

Recuerda que, en medio de ese momento que debía ser suyo, entró a la casa de su tía para buscar unas cosas y, de repente, él apareció. “Me dijo algo que todavía me retumba en la cabeza: ‘Esa p*** se está volviendo mujer’”, recuerda, pero esta vez no se quedó callada y describe con detalle y dureza lo ocurrido: "Tomé un cuchillo y le advirtí que, si se acercaba, se lo iba a enterrar hasta que se desangrara”. Desde entonces hizo todo lo posible por no volver.

A los 16 años tuvo su primer celular, pero lejos de traer libertad, el acoso se volvió constante, no podía ir a la playa ni asistir a una fiesta estudiantil, cada mensaje era una amenaza. “Me decía que si yo estaba con alguien él lo iba a matar, que yo era suya... no tuve una adolescencia normal”, reclama, dejando al descubierto una juventud atacada por el miedo y el control.

Posteriormente, terminó el bachillerato y consiguió trabajo en una empacadora de camarón. Allí conoció a un joven que le pidió salir; aunque ella no le contó toda su historia, se lo insinuó, y él decidió comentarlo con su madre.

Ese mismo día llegó a la casa y la encontró llorando, temblando. “Me preguntó por qué no se lo había dicho”, explica, condensando todo el dolor que había cargado en silencio.

Cambió para bien

Su tía finalmente se separó del agresor al conocer la verdad, nunca había logrado dejarlo antes, pero después de lo aberrante no tuvo más alternativa, la familia le dio una madrugada para irse, y se fue. Nunca hubo denuncia, no sabían cómo hacerlo, no había información ni fuerzas, ella ya era mayor y probar lo sucedido resultaba prácticamente imposible.

Al preguntarle qué le diría si algún día lo tuviera frente a frente, respondió: “Me lo he imaginado muchas veces en mi cabeza, no sé si estoy preparada para enfrentarlo en un juzgado... algo dentro de mí todavía le tiene miedo. Hace unos años le habría dicho que no dudaría en matarlo con mis propias manos, pero Dios me ama mucho y tuve la oportunidad de viajar a Europa”, indica.

A los 20 años, María migró a España, donde ha vivido durante 14 años, llevando consigo las cicatrices de un pasado que aún la persigue.

La presión social la estaba ahogando. En apenas un mes organizó todo, incluyendo pasaporte, dinero y se marchó. Hoy, cada vez que debe organizar un viaje a Honduras, no duerme, no come... su cuerpo revive el miedo, recordando cada instante de aquel pasado que nunca la dejó en paz.

En 2023 se destacó como deportista, logrando récords de España y del mundo en levantamiento de peso, llevando la Bandera de Honduras sobre su espalda.

Tres años después, él intentó contactarla a través de Facebook, lo que desató una crisis en María. Supo que había tenido un accidente y que buscaba pedirle perdón, pero ella fue tajante: “Jamás iba a escuchar de mi boca un perdón por el daño que me hizo.”

“A veces aparece en fotos familiares, de mis primos, que son sus hijos. Hace no mucho miré una imagen suya en un estado de WhatsApp de ellos, y mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, temblaba y me quedé incapaz de hablar”, cuenta María, con los recuerdos que aún la tienen atrapada.

María formó parte del segundo Encuentro de Escritores Hondureños en España, donde habló sobre su libro.

Desde finales de 2022, María asiste a terapia, pues durante años evitó sentir ese trauma, trabajaba hasta 12 horas, estudiaba y dormía apenas cuatro horas. “Esa era la clave, no pensar, tenía pesadillas, revivía escenas”, reseña, con voz acelerada. Hoy toma antidepresivos y la ansiedad ha disminuido, aunque sabe que el camino de la sanación sigue siendo largo.

Tiene pareja desde hace más de un año, a quien describe como un hombre “comprensivo, cariñoso y respetuoso”. Durante mucho tiempo no pudo dar un abrazo; cuando el agresor forma parte de la familia, la herida no cierra de inmediato, y aprender a confiar vuelve a ser un reto.

Externa que a veces siente una vigilancia constante, como si alguien la siguiera, como si supiera cada uno de sus movimientos. Cree que no fue la única víctima, que hubo más abusos en aquella aldea de Namasigüe, en Choluteca, donde todo ocurrió.

Tras regular su estatus migratorio, María se graduó de Derecho, un posgrado y una especialidad, con el objetivo de convertirse en gestora procesal y administrativa en la Suprema Corte de España. Hoy puede decirlo sin bajar la voz: “A mí me violaron, suena fuerte, pero es necesario decirlo... no es nuestra culpa”.

Por eso decidió escribir un libro llamado "La niña silenciosa", que comenzó a principios de 2025, al reencontrarse con cartas que había escrito durante la terapia, pensó que su historia sería darle voz a la miles de niñas de Honduras, de las aldeas más pobres, que nunca reciben justicia y viven eternamente con este pesado secreto. Hoy comparte su caso en asociaciones y frente a padres de familia, exponiendo con firmeza que el daño del abuso sexual infantil deja huellas para toda la vida.

Puede descargar directamente su libro: "La niña silenciada"

Casi 28 años después, no lo ha superado del todo. “Quienes hemos sufrido abuso somos una bomba de relojería, basta una mirada, un comentario, un recuerdo. En el metro de Madrid he entrado en crisis sin saber qué hacer”, agrega, dejando claro que el tiempo no siempre cura lo que fue dañado en la infancia.

Si él, el agresor, que tenía 24 años entonces, está leyendo este reportaje, María quiere que lo sepa: “Durante años creí que estaba destinada a ser suya, pero se equivocó, no nací para eso, la vida y Dios me han puesto tan arriba que ni siquiera él puede verme.”

*Este relato fue compartido con LA PRENSA Premium por María Lourde Aguirre, con autorización para publicar su testimonio completo*

Este relato fue compartido con LA PRENSA Premium por María Lourde Aguirre, con autorización para publicar su testimonio completo

Casos de abuso en núcleos familiares

Los datos oficiales muestran que la historia de María no es aislada. El Ministerio Público recibió más de 24,000 denuncias por abuso sexual desde enero de 2010 hasta febrero de 2024 contra víctimas de diferentes edades; sin embargo, solo uno de cada 10 casos recibe sentencia condenatoria, según un análisis de la Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ).

Entre el 85% y 90% de los casos de abuso sexual infantil que se cometen en Honduras tienen como agresor sexual el perfil de la persona más cercana al niño, principalmente con vínculos de parentesco, de acuerdo con informes fiscales.

En mayo de 2025, Katherine Yulibeth Romero Soto, de 28 años, fue acusada por la Fiscalía de violación y agresiones sexuales continuadas contra sus dos hijastros menores, y se presentaron pruebas clave en su contra en San Pedro Sula.

En octubre de 2025, un equipo de la Agencia Técnica de Investigación Criminal (Atic) rescató a seis menores de edad víctimas de abuso sexual en Choloma, deteniendo a un sospechoso, en este caso, una de las niñas quedó embarazada a raíz de las agresiones.

En septiembre de 2025, en San Pedro Sula, la Atic y la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia (Senaf) rescataron a una adolescente de 14 años tras una denuncia de supuesto abuso sexual por parte de su padrastro.

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Ariel Trigueros
Ariel Trigueros
jerson.trigueros@laprensa.hn

Reportero multimedia e investigador en LA PRENSA. Más de 10 años en medios. Licenciado en Periodismo (UNAH), máster en Comunicación (UEA) y docente universitario.