El “Escudo de las Américas” es una propuesta exclusiva de Estados Unidos a sus “amigos”. Los que no fueron invitados es porque no los considera como tales. Y en tres casos: México, Guatemala y Colombia, además, se identifican como escenarios probables donde se librarán las acciones en contra de los narcotraficantes y sus organizaciones.
El discurso de Trump -entre informalidades y bromas- insinuó que el primer espacio de combate de la alianza militar será México. Los juicios sobre la presidenta Sheinbaum no dejan duda que, para los analistas de Washington, su gobierno no tiene la libertad para actuar, ya que sus decisiones están sometidas a intereses que operan fuera de los parámetros de su autoridad.
En términos simples, es la multiplicación del comportamiento exitoso de Estados Unidos en Venezuela. Aquí, Estados Unidos actúa en solitario. Con “Escudo de las Américas” actuará bajo el amparo y apoyo de sus aliados.
Aumentando eficacia en las futuras operaciones y, lo más importante, disfrutando de legitimidad para pasar por encima del derecho internacional y operar fuera de las fronteras de los aliados, sin darle explicaciones a nadie. Constituyendo nuevas reglas que la potencia dominante usará para defender sus intereses, bajo el supuesto de que todo lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para los doce que conforman la alianza.
Pero, además, la alianza obliga -y esto no es letra fina, sino que obligación natural dentro de las alianzas, legítimas o ilegítimas- que ninguno de los miembros actuará unilateralmente en contra de otro miembro sin violar los principios de la unidad que la sostienen.
Es decir que Bukele, de El Salvador, por más que quiera intervenir en Honduras, el hecho de que los dos países sean miembros de la alianza le impide hacerlo sin que los otros diez países se lo impidan. O lo castiguen, si procede unilateralmente. Este detalle constituye un beneficio para Honduras. Y un mecanismo útil para obligar a El Salvador a tener una actitud más amistosa hacia Honduras.
Pero fuera del ejemplo anterior toda alianza militar -y esta lo es fundamentalmente- significa una disminución de soberanía individual de los países miembros. Honduras no puede ser neutral en ninguna operación que se haga en cualquier país que el liderazgo del “Escudo de las Américas” determine que se debe actuar.
Martín Torrijos, expresidente de Panamá, lo ha entendido muy bien. Y ha reaccionado de consiguiente. La defensa de Panamá no es su neutralidad; ni un asunto exclusivo de los panameños. Es prioridad del “Escudo de las Américas”, en que los doce países tienen que defenderlo en caso de ataque o frente a la pretensión de cualquiera potencia que busque su control.
De igual manera, la defensa de la Base Soto Cano en Honduras y Comalapa en San Salvador, frente a la pretensión de una potencia enemiga, ya no es asunto exclusivo de Honduras y El Salvador, sino que obligación de los 12 países miembros. En pocas palabras, Estados Unidos ha creado una Otan en América Latina sin que los pueblos de América Latina lo hayan pedido, o decidido.
Los ejércitos de los doce países, que normalmente se han quedado fuera en la lucha en contra del narcotráfico, ahora tienen entre sus tareas la de dar el pecho, librar la lucha y vencer a los carteles. Solos o bajo el liderazgo de los Estados Unidos.
En la operación contra Venezuela, militares del Comando Sur mostraron desacuerdos. Uno de ellos renunció. Ahora con el nuevo órgano militar la jerarquía está definida, la misión muy clara y las acciones predefinidas. Lo que hará falta será el tiempo. Y la orden.