“Lo que quiero contar, lo hago escrito, solito en mi cuarto, y con mucho trabajo. Es un trabajo angustioso pero sensacional. Vencer el problema de la escritura es tan emocionante y alegra tanto que vale la pena todo el trabajo; es como un parto”: Gabriel García Márquez.
La escritura nace como una respuesta a la necesidad práctica de registrar información comercial, leyes, historias y principios religiosos. La forma más antigua conocida es la escritura cuneiforme, desarrollada por los sumerios en Mesopotamia alrededor del año 3200 a. C. Los antiguos egipcios desarrollaron los jeroglíficos y, posteriormente, los fenicios crearon uno de los primeros alfabetos, siendo actualmente base de muchos sistemas.
La lectura nace como resultado de la escritura. En sus inicios fue un privilegio de escribas y sacerdotes, pero se difundió gracias a la educación y la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV, lo que permitió la difusión masiva de textos.
Los beneficios de la lectura y la escritura son múltiples: mejoran la comprensión, amplían el vocabulario y la capacidad de expresión, fortalecen la memoria y la concentración. La lectura y la escritura fomentan que los ciudadanos de una nación estén informados, puedan preservar la cultura y la historia, así como impulsar el desarrollo educativo y profesional.
Es innegable que la lectura y la escritura fortalecen la fe y la esperanza, proporcionan fortaleza espiritual en momentos difíciles y promueven valores como el perdón y la justicia. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”, 2 Timoteo 3:16-17 (RVR60).
La escritura permite que el conocimiento prevalezca y la lectura permite la transmisión y multiplicación; en el caso de la Biblia es y será no un eco, sino la voz profética que marca la espiritualidad, la cultura, la ética y la historia de la humanidad.