Los vicios, igual que las virtudes, se adquieren por repetición. Una acción poco noble se ejecuta una y otra vez, hasta que se convierte en una especie de segunda naturaleza y, ante determinado estímulo, se reacciona espontáneamente de mala manera. Así, en vez de saludar amablemente, nos acostumbramos a rehuir la mirada o emitir una especie de gruñido ininteligible; o, en lugar de pedir permiso, atropellamos a los que se encuentran obstaculizando nuestros desplazamientos. Las personas no nos volvemos rudas o maleducadas de un día para otro, sino que, a fuerza de no luchar para lograr una personalidad acogedora, terminamos por volvernos toscos, casi animalescos.

Con la pereza sucede igual. Desde muy jóvenes nos habituamos a que nos pasen las cosas, en vez de levantarnos desde la cama o desde el sillón; nos negamos a prestar pequeños servicios a los demás; nos quedamos más tiempo del debido debajo de las cobijas; preferimos las posiciones horizontales a las verticales, y acabamos por ser una especie de bulto tirado en los sitios menos oportunos, que no hacemos sino estorbar o dar trabajo a los demás.

Pero a la inactividad física, con todas las consecuencias negativas que tiene esta sobre nuestra salud y nuestra imagen, suele seguir la pereza intelectual. Y esto es grave. La pereza mental nos convierte en algo así como en un estuche vacío, o, si acaso, en una sonaja, que hace ruido y nada más. Esta verdadera enfermedad del espíritu comienza con la falta de curiosidad intelectual, que después se convierte en rechazo a la lectura, a la incapacidad de contrastar modos de actuar y de pensar, hasta caer en un triste sopor intelectual, que nos obliga a llevar una vida puramente biológica, sin mayores pretensiones culturales, y en la que nos damos por satisfechos con comer y dormir, y poco más.

De ahí la necesidad de que, en las familias, se forme a sus miembros más jóvenes en dos aspectos esenciales: el primero, en que se mantengan ocupados, que hagan ejercicio, que no se apoltronen enfrente de una pantalla, que practiquen un deporte, que hagan su cama y lustren sus propios zapatos, que hagan senderismo, que cumplan con unas tareas domésticas que los hagan sentirse parte del colectivo familiar, por lo menos. El segundo, que lean, que desarrollen el hábito de buscar la verdad por sí mismos, que no sean “carretas” de los “influencers” ni crean toda la basura que arrastran las redes sociales; que, por lo menos, aspiren a llegar a tener conversaciones interesantes con los demás, el día en que les toque interactuar con otra gente. Nada más. Familias, tenemos trabajo que hacer. Manos a la obra.