Aunque se veía venir, no faltaba quien lo ponía en duda. Hoy, ese triunfo resulta incuestionable y rotundo. De hecho, se consideraba inevitable desde el momento mismo en que los porcentajes presentados por el Consejo Nacional Electoral (CNE) permitieron vaticinar que estábamos ya en presencia de lo que luego se volvería tendencia dominante y, después, irreversible. Xiomara Castro es la nueva presidenta de Honduras, la primera mujer en lograr tan alto objetivo, justo después de casi siete décadas del reconocimiento del derecho al voto a nuestras compatriotas. El triunfo de la frágil coalición opositora formada en torno al partido Libertad y Refundación y a su candidata Xiomara ha sido interpretado de tantas y variadas maneras que, desde ya, le rodea una cierta atmósfera de confusión y relajamiento conceptual. Para muchos es el triunfo de “la izquierda”, una noción que se ha vuelto tan abstracta y nebulosa por el uso y el abuso de su significado. Pareciera que, desde el derribo del Muro de Berlín hace ya más de treinta años, tanto la izquierda como la derecha se han quedado mutiladas en su contenido y proyección identitaria: mientras la primera se quedó, aparentemente, sin enemigo, la segunda se quedó, realmente, sin discurso. Fue y sigue siendo preciso reinventarse de nuevo, cosa que nunca ha sido fácil, por supuesto.

Para otros, la victoria de Xiomara es la respuesta de los electores por el hartazgo y el hastío, cansados ya de tanta corrupción y arbitrariedad. Es el triunfo del desencanto. La derrota de la soberbia y el autoritarismo. El desquite de los electores, el momento de poner a prueba las fortalezas y las debilidades del clientelismo electoral y la compra de votos.

Esa percepción de un país cooptado por el crimen organizado, penetrado en sus más sensibles estructuras por las redes criminales del narcotráfico, acorralado por la violencia de las pandillas y el acoso de los extorsionadores, sometido al desprestigio internacional y al creciente aislamiento, fue poco a poco tomando forma precisa en la mente colectiva y conformando una creciente y amenazante convicción de repudio y furioso rechazo. El régimen montado y sostenido por el clan político y filial del señor gobernante ya no daba para más. El desprecio despertado entre la gente y la avalancha de indignación y frustración que crecía día a día eran señales que presagiaban la debacle y anunciaban la hora del desquite, “el turno del ofendido”, como suele decirse. Ese momento llegó el pasado domingo, inolvidable domingo del recién concluido mes de noviembre.

Pero no solo aquí, dentro del país hay confusión y dudas al momento de definir el significado del triunfo. También entre la prensa internacional y la llamada “comunidad de cooperantes”.

Algunos lo celebran como una victoria de las modernas “teorías de género”, otros lo ven como la continuidad de una tendencia continental que devuelve a la izquierda los espacios perdidos o arrebatados.

Y no falta quien, por supuesto, que no oculta sus temores ante la posible llegada de un tal Foro de Sao Paulo, que cada vez parece más una entelequia política regional y no una amenaza verdadera. De todo hay y para todos los gustos en la villa del Señor.

La nueva presidenta ha sido clara. Se decanta por el “socialismo democrático” y eso, a mi juicio, no quiere decir otra cosa más que opta por una vertiente moderna y flexible de la vieja social democracia europea. No hace falta darle tantas vueltas al asunto y buscarle el color al gato, si es rojo o es blanco, si es negro o si marrón. Basta con que maúlle y, como decía el líder reformista chino Deng Tsiao Ping, que cace ratones. El resto, como en el poema de Jorge Guillén, es selva...

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