22/04/2026
10:12 PM

Él reconstruye Jerusalén

Qué bueno es cantar las alabanzas a nuestro Dios si el Señor reconstruye la Jerusalén de nuestras almas, ante la dispersión y deportación de nuestras energías y voluntades a los reinos babilónicos de los cultos astrales, (Cf Sal 147, 1-2). Permitió la desolación de nuestras vidas cayendo en las sequedades de los desiertos provocados por nuestros pecados, para que tuviéramos sed del Dios vivo y recordáramos la paz y el amor que reinaban antes de caer en la tentación de la idolatría. De esa experiencia de la nada surgió el deseo del reencuentro con el Señor y asumimos la actitud del “hijo pródigo” y volvimos a la Casa del Padre. “Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus sirvientes: Enseguida, traigan el mejor vestido y vístanlo; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies…Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado”, (Lc 15, 21-24).

Él sana los corazones destrozados, y venda sus heridas (Sal 147, 3) como hizo el Buen Samaritano, que curó al apaleado y medio muerto y lo llevó a la posada más cercana. Jesús es el médico del alma y conoce nuestros sufrimientos, preocupaciones, miedos, complejos de culpa, resentimientos, y cuando caemos de rodillas ante él y nos dejamos tocar por sus manos benditas, sana nuestras dolencias y revivimos como personas. Todas las mediaciones humanas ayudan, pero al final, es Dios quien libera de adicciones, rompe ese rencor que teníamos, borra nuestros complejos, porque él todo lo puede y quiere lo mejor para nosotros.

Cuenta el número de las estrellas, llamando a cada una por su nombre, (Sal 147,4). El salmista no se imaginó lo que estaba escribiendo inspirado por Dios. Son mundos inmensos en el universo, galaxias con millones y millones de estrellas, constelaciones, agujeros negros, una masa de cuerpos luminosos que velozmente se expande ordenadamente haciendo más grande la creación de Dios. Nuestro sistema solar es grande, pero es un diminuto punto en relación con todo lo que es el universo.

Por eso, grande y poderoso es nuestro Dios, su sabiduría no tiene medida, (Sal 147, 5). La creación de Dios, tanto en el microcosmos, donde se mueven de manera sincronizada las células, millones y millones de átomos y luego el cuerpo humano con su tejido perfecto de órganos, huesos, sangre, músculos y el alma, hecha a semejanza de Dios y todo el universo, el macro cosmos, todo esto nos hace ver algo de la grandeza infinita de Dios. Estamos tratando con quien tiene todo el poder y toda la gloria. “Después vi una multitud enorme, que nadie puede contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en las manos. Gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero….y los ángeles se inclinaron con el rostro en tierra delante del trono y adoraron a Dios diciendo: Amén. Alabanza y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor y fuerza y poder a nuestro Dios por los siglos de los siglos”, (Ap. 7,9-12).

“Entonen la acción de gracias al Señor, toquen la cítara para nuestro Dios, que cubre el cielo de nubles, prepara la lluvia para la tierra y hace reverdecer las montañas… El Señor quiere a sus fieles y a los que anhelan su amor”, (Sal 147,7-11). Cómo no agradecerle al Señor todo lo que hace por nosotros. Nos ha dado la vida, el perdón de los pecados, el pan de cada día, su amor sin límites aún y a pesar de todo, porque él es eternamente misericordioso. Por eso dice la Palabra: “Entre ustedes entonen salmos, himnos y cantos inspirados, cantando y celebrando al Señor de todo corazón, dando gracias siempre y por cualquier motivo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo”, (Efesios 5,19-2l).

“¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión!, que refuerza los cerrojos de tus puertas y bendice a tus hijos dentro de ti; que da prosperidad a tu territorio y te sacia en el mejor trigo”, (Sal 147,12-14). Nosotros somos la Jerusalén reconstruida, a la que vuelven todas las energías dispersas por el pecado, y se erigen con más vigor las torres y los muros, se levantan las casas y el templo, y toda nuestra persona “despojada de la conducta pasada, del hombre viejo que se corrompe con los malos deseos, renovando nuestro espíritu y mente, revestidos del hombre nuevo creado a imagen de Dios”, (Efesios 4,22-24) se convierte en alabanza de Dios, con quien somos invencibles. Amén