En uno de sus libros, el médico Richard Selzer describe una escena en la sala de un hospital en la que tuvo que hacer una cirugía sobre el rostro de una mujer joven: “Me paro al lado de la cama donde la mujer está acostada.

En su cara posoperatoria su boca está torcida en parálisis... Una pequeña ramificación de su nervio facial, en uno de los músculos de su boca, ha sido cortado. Ella estará así de ahora en adelante...

Para poder extirparle el tumor en la mejilla tuve que cortar ese pequeño nervio.

Su joven esposo está en la habitación.

Él está de pie en el lado opuesto de la cama y juntos parecen estar en un mundo propio en la luz de la noche; aislados de mí, en su universo privado. Me llama la atención cómo se miran y se tocan con tanta generosidad. La joven me intenta hablar. ‘¿Estará mi boca así para siempre?’, pregunta. ‘Sí’, respondo, ‘así será. Es porque el nervio fue cortado’. Ella asiente con la cabeza y permanece en silencio. Pero el hombre sonríe. ‘Me gusta’, dice él. ‘Se ve linda’... Y sin pensarlo, él se inclina para besar la boca torcida de su esposa, y estoy tan cerca que puedo ver cómo él tuerce sus propios labios para acomodarlos a los de ella, para mostrarle que su beso todavía es posible, (que su amor por ella no ha cambiado en lo más mínimo)”.

Esta historia refleja el tipo de amor que el ser humano necesita un amor seguro.

Ese tipo de vínculo que demuestra lealtad no solo cuando todo va bien o cuando la belleza todavía es perceptible. Ese tipo de compromiso que no ve al otro como algo descartable, sino como un tesoro preciado. Y si lo vemos desde otro plano, como bien indica Wayne Rice, el relato ilustra cómo Dios se adaptó a nosotros al venir desde el cielo como un pequeño bebé.

Él permitió que su cuerpo fuese torcido en la cruz para enseñarnos que el amor verdadero es posible.