Hay tragedias que llegan como tormentas repentinas. Y hay otras, más silenciosas, más perversas, que se sedimentan lentamente sobre la historia hasta convertirse en destino.
El narcotráfico en América Latina pertenece a esta segunda categoría, no es simplemente una crisis criminal, sino una dependencia histórica, una arquitectura de poder que terminó infiltrándose en las venas económicas, políticas y culturales de nuestras sociedades hasta confundirse peligrosamente con la normalidad.
Honduras conoce demasiado bien esa herida. Durante décadas, nuestra geografía dejó de ser únicamente territorio para convertirse en corredor.
Corredor de cocaína, de armas, de capitales oscuros y de violencias transnacionales que encontraron en la fragilidad institucional centroamericana un ecosistema ideal para reproducirse.
Y, sin embargo, resulta alarmante lo poco que investigamos seriamente un fenómeno que ha moldeado nuestra política, deformado nuestras economías locales y alterado profundamente la psicología colectiva de nuestra región.
Existe una desproporción obscena entre el impacto del narcotráfico y la escasez de producción intelectual sobre sus implicaciones estructurales en Honduras.
Quizá porque el narcotráfico suele analizarse únicamente desde la óptica policial - decomisos, capturas, extradiciones, rutas marítimas.
Pero rara vez se estudia como lo que realmente es, un fenómeno histórico de dependencia, de trayectoria, donde cada ciclo de violencia, corrupción y capital ilícito crea condiciones que hacen inevitable el siguiente ciclo.
Las instituciones se adaptan al dinero criminal; las economías locales aprenden a coexistir con él; las comunidades terminan reorganizando sus expectativas alrededor de una estructura ilegal que, paradójicamente, muchas veces ofrece más oportunidades que el propio Estado.
Y entonces la excepción se convierte en sistema.
Antonio Escohotado entendía que la historia de las drogas no puede reducirse al simplismo moral contemporáneo.
En “Historia general de las drogas” dejó claro que las sustancias psicoactivas han acompañado a la humanidad desde tiempos ancestrales y que los imperios mismos participaron activamente en su comercialización mucho antes de la actual “guerra contra las drogas”.
Basta recordar el papel británico en las Guerras del Opio del siglo XIX, donde una potencia imperial utilizó el narcotráfico literalmente como herramienta geopolítica contra China.
La droga nunca fue únicamente un problema criminal. También ha sido mercancía imperial, instrumento fiscal, mecanismo de control y fuente monumental de acumulación económica.
Por eso resulta profundamente hipócrita observar cómo buena parte del mundo desarrollado consume estupefacientes con creciente normalidad cultural mientras América Latina pone los muertos.
Tras vivir años en Europa, uno descubre algo desconcertante.
En muchas ciudades del primer mundo, el consumo de cocaína y drogas sintéticas ha sido absorbido por la vida cotidiana con una naturalidad casi burguesa.
Profesionales, estudiantes, empresarios y élites urbanas participan de ese mercado sin detenerse demasiado a pensar que cada línea consumida conecta invisiblemente con territorios donde la violencia dejó de ser noticia para convertirse en atmósfera.
Y las instituciones europeas lo saben.
Durante mi experiencia en InSight Crime, y en conversaciones con profesionales vinculados a seguridad y salud pública en Europa, percibí un nivel de alarma mucho más profundo del que suele aparecer en el debate público latinoamericano.
Existe preocupación genuina por la inundación masiva de cocaína en puertos europeos, por la sofisticación logística de las redes criminales y por la incapacidad creciente de los Estados para contener mercados ilícitos que operan con recursos financieros comparables a los de corporaciones transnacionales.
Pero mientras Europa teme la expansión del consumo, nosotros convivimos con algo todavía más devastador: la erosión lenta del tejido nacional.
Porque el narcotráfico no solamente mata cuerpos.
También corroe instituciones, trivializa la violencia y transforma la noción misma de éxito social.
En sociedades frágiles como la hondureña, el dinero ilícito termina infiltrando imaginarios colectivos hasta producir una devastadora confusión moral donde el poder económico importa más que su origen.