31/03/2026
10:54 AM

Digno de confianza

Salomón Melgares Jr.

El presentador de un programa de LaLigaTV le preguntaba a Albert Ferrer, exjugador y actual entrenador de futbol, cómo hace Messi para adaptarse a los entrenadores que llegan al Barcelona. A lo que Ferrer contestó: “Yo creo que son los entrenadores, más bien, los que se tienen que adaptar a él”. Obviamente, la respuesta de Ferrer surge de un cimiento sólido: la confianza que genera estar ante el mejor jugador de fútbol del mundo. Su sola imagen genera descanso, pues se espera —con un porcentaje alto de seguridad— que su talento y cualidades puedan hacer en la cancha lo que necesitan el entrenador, compañeros, fanáticos y el resto de personas involucradas con el club. Y yo pensé: si esto es así con Messi, que es un ser humano limitado e imperfecto, ¿por qué cuesta tanto que sea así con Dios también? La respuesta es simple: porque no creemos, y al no creer, la confianza no existe. La Biblia dice que Dios es amor (Juan 3:16; 1 Juan 4:16), dadivoso (Santiago 1:17), bondadoso (Nahúm 1:7), misericordioso y fiel (Lamentaciones 3:22-23), todopoderoso (Lucas 1:37), todosapiente (Romanos 11:33), que está en todo lugar y que sustenta a su creación (Salmos 139:7-12; Mateo 6:25-32). Pero vivimos como si todo esto fuera palabrería solamente. En este punto, usted podría argumentar: “Pero Messi nos demuestra el talento y sus cualidades todas las semanas en la cancha. Estos son algo palpable”; como si Dios no hiciera precisamente lo mismo todos los días. Lo que pasa es que nosotros, por nuestra misma incredulidad, no lo entendemos así y se lo atribuimos a otra cosa. Exactamente como los fariseos, que cuando Jesús hacía milagros, en vez de verlo como el poder de Dios en acción, ellos lo entendían como Belcebú, el jefe de los demonios (Mateo 12:22-28). De ahí el consejo: ¡creámosle a Dios! Él es mucho más digno de confianza que cualquier cosa creada.