Hay bloqueos en el alma que nos impiden creer en nosotros mismos, presentar nuestras opiniones asertivamente, aceptar un reto nuevo en la vida o perdonar y nos dejan “paralíticos” interiormente, inmóviles. Inclusive en un mundo que está en continuo cambio, hay empresas que cierran porque están ancladas en su mismo ciclo productivo de hace cuarenta años sin innovarse y adaptarse a un “mundo diferente”.
Estamos como hipnotizados y metidos en una “trinchera” mental que condiciona todo nuestro actuar. Preferimos la seguridad de lo establecido que asumir el riesgo que nos hace más libres, competitivos y actualizados. Y el mundo sigue avanzando. Meterse en ese “refugio” nos impide ver cómo todo va avanzado sin esperar a nadie. Lo tradicional se impone y el miedo al cambio se hace un gigante tan imponente, como una cordillera infranqueable, que nos paraliza la vida. Pues ya sea por nuestros pecados personales o por miedo a realizar cambios para mejorar, ese muro de contención que no deja sacar nuestras mejores cualidades y energías crea una represión que frustra radicalmente nuestro ser creativo y productivo.
¿Y cómo hacer para desbloquearnos y asumir la vida con plenitud y así enfrentarnos a los retos del momento presente? Primero, asumir conscientemente nuestro estado de “parálisis” mental e inmovilidad en la acción. Es cuestión de elevar el alma a un cierto nivel de iluminación interna y en un acto de imaginación lúcida contestar esta pregunta: ¿Según el plan de Dios, dónde debería estar yo hoy colocado en santidad y realización personal? Recorrer mi vida y verme tal y como Dios lo haría podría provocar un sobresalto emocional muy grande: “Tendría que haber hecho aquello; no tendría que haber realizado eso otro; hoy debería ser una persona más misericordiosa, emprendedora, servicial, humilde, valiente, productiva, contemplativa, paciente y fiel a Dios”. Ese acto de conciencia a tiempo puede ser el comienzo de algo nuevo y maravilloso.
Pedir ayuda a quienes puedan activar en mí la vida que ha quedado como el agua de una represa, contenida en un muro que impide el desarrollo del movimiento ascendente de la perfección. Este segundo punto es importante y así le pasó al paralítico que unos amigos descolgaron por la azotea en la casa donde Jesús estaba enseñando y curando enfermos, (Cf Lucas, 5,18 y siguientes). Estos señores lo llevaron en ese acto audaz, arriesgado y sorprendente, a los pies de Jesús. Este tercer punto es muy importante: Solo el Señor puede liberarnos de esas ataduras profundas que vienen por traumas de la infancia, adolescencia y juventud. Él tiene todo el poder y la gloria. Cristo rompe cadenas que están en lo profundo del corazón.
¿Qué hizo Jesús con el paralítico? Los Evangelios comprimen, hacen un resumen de los hechos y dichos de Jesús de una manera didáctica, recogiendo de diferentes tradiciones orales lo más significante para la comunidad a la que iba destinado el escrito. No olvidemos la concepción del tiempo hace dos mil años: todo se hacía sin prisas, dando importancia a muchos detalles de los que hoy ni siquiera pondríamos atención. El diálogo de Jesús con el paralítico pudo haber durado una hora o dos….le dedicó tiempo personal a ese hombre y se abrió una comunicación extremadamente rica. Él pudo abrir su alma y hasta confesó a Jesús sus pecados. Se entabló una comunicación y comunión con Jesús que lo iluminó y le hizo ver cómo estaba con Dios.
Jesús le cura esa parálisis del alma que lo tenía postrado en la vida sin dar pasos de generosidad y perdón, alegría y paz. Jesús va a lo esencial, a lo que hace la diferencia en todo: lo libera de sus opresiones internas y expulsa esos espíritus impuros que aturdían el alma de aquel hombre. En verdad ya está realmente curado. Para lo que había ido ya no tenía la importancia absoluta de antes de conocer a Jesús. Lo hizo creatura nueva. Le dio la libertad de los hijos de Dios. Renunció a sus esclavitudes y empezó de nuevo a vivir. Ese es el poder curativo del perdón que cuando viene de Dios es total, ya que el Señor perdona y borra para siempre la culpa de la persona y eso gracias a la Sangre preciosa del Cordero Inmaculado, Cristo Jesús, quien vino a redimirnos.
Y para probar que tiene poder para perdonar pecados, le ordenó que se levantara y se llevara su camilla. La sanación física se da, pero primero se cura el alma que es lo que realmente interesa. Jesús se fija en el corazón del hombre y después de sanarlo mira también su enfermedad física y lo sana, porque con Él somos invencibles.
