En nuestro paso por la vida invariablemente vamos dejando huellas en las personas con las que tenemos contacto. A veces no se requiere mucho tiempo, pueden ser tan solo unos minutos para tocar la existencia de otros.

No siempre se requiere utilizar palabras, aunque hay que tomar en cuenta que las palabras tienen el enorme poder de influir positiva o negativamente en otros; en ocasiones basta un gesto o una presencia silenciosa.

Al echar un vistazo a la infancia, aunque esté muy lejana ya, podemos darnos cuenta de la huella que otros dejaron en nosotros y a través de esa experiencia tan personal, ser más conscientes de nuestro propio actuar.

En mis recuerdos añosos, por ejemplo, se encuentra la imagen de mi abuelo paterno. Ahora, quizás como efecto del correr del tiempo, me doy cuenta que él era un gran regalo para mí. Era tan pequeña cuando él se fue, que ni siquiera lo comprendía entonces. Nunca le dije que era especial para mí.

Mi abuelo, en su mundo serio y poco expresivo, marcó positivamente mi infancia con sus pequeños detalles, como caminar conmigo desde la escuela a la casa, a mediodía. No ocupábamos muchas palabras, ambos sabíamos que ese momento era quizás uno de los mejores del día.

Aún ahora, puedo recordar su mano fuerte y ruda, tomando con suavidad la mía para guiarme en el trayecto y llevarme por el camino más adecuado.

No se requiere demasiado para tocar la vida de los demás, sobre todo de los niños y niñas, pero no nos damos cuenta. En ocasiones cometemos el error de creer que esos momentos que requieren la atención oportuna, pueden sustituirse por cosas.

Las cosas nunca sustituyen lo más valioso que tenemos las personas: el tiempo, un recurso no renovable. En la medida en la que asumimos que solamente contamos con el presente, tan efímero, aprendemos a valorar mucho más los instantes compartidos y esa oportunidad de tocar, aunque sea brevemente, la vida de los otros.

Cuidamos poco nuestra huella en los demás, tal vez por estar demasiado enfrascados en las tareas cotidianas o simplemente porque estamos tan entretenidos, que no nos damos cuenta de que tocamos otras vidas en el transcurso de un día.

A veces nos sorprende cuando alguien nos recuerda la manera en que marcamos cierta etapa de su existencia.

Confieso que me inquieta pensar en las ocasiones en que he estado absorta en mi propia vida y poco me ha importado dejar una huella que podría ser dolorosa.

Hay que reconocer que la madurez no se logra de hoy para mañana y en el camino vamos cometiendo errores que se transforman en lecciones para crecer. Cuidar la huella personal implica conectar con lo que somos y lo que transmitimos. No siempre es fácil, en ocasiones incluso dejaremos cicatrices, voluntaria o involuntariamente. La reflexión es necesaria, para perdonar nuestras propias fallas y buscar ser mejores personas.

La huella también la tenemos con nosotros mismos, con la calidad de los pensamientos que nos dedicamos. Recordemos que la medida siempre es uno.