Recientemente, las autoridades monetarias del país anunciaron un crecimiento interanual del crédito en 5.0%, un optimismo que el Banco Central de Honduras (BCH) proyecta consolidar en su Programa Monetario 2026-2027, donde prevé una aceleración del crédito al sector privado con tasas de crecimiento estimadas entre el 6.2% al 10.5%; sin embargo, detrás de estas proyecciones expansivas se hacen lecturas que no pasan desapercibidas, por ejemplo, la asimetría estructural que ha predominado en la evolución de dicho crédito.
Mientras el mayor dinamismo actual se genera en el financiamiento a las empresas hasta alcanzar 6.2%, el crédito para los hogares crece a un ritmo marcadamente menor, con apenas 3.6%. Este contraste muestra cómo los flujos de capital presente y proyectados se concentran en el engranaje corporativo, dejando rezagadas las capacidades financieras de las familias con menos recursos.
En un país donde los niveles de pobreza alcanzan a más del 60% de la población, la desigualdad, según el coeficiente de Gini, es de 0.50, con un ingreso per cápita de L4,864, alta proporción de informalidad en la economía; al menos el 75%, según la Cepal, inciden en bajos niveles de inclusión financiera, pues datos de la Comisión Nacional de Bancos y Seguros (CNBS) indican que aproximadamente el 60% de la población en edad de trabajar (PET) no poseen una cuenta financiera y solamente el 13% de este mismo grupo poblacional ha tenido acceso al crédito en el año 2025.
El limitado acceso a recursos financieros se debe en alguna medida a la tipología del modelo financiero que impera en el país, donde los criterios de riesgo, la exigencia de requisitos y garantías terminan profundizando las brechas preexistentes.
Esta asimetría es paradójica, ya que al hacer el contraste con los datos macroeconómicos y los reportes del mismo sistema financiero, este posee niveles de liquidez aceptables e incluso mostrando un crecimiento de más de un 40% interanual entre el 2025-2026.
Asimismo, en términos de tasas de interés, estas han mostrado un comportamiento a la baja en los últimos 12 meses, de al menos 4.5% en las tasas activas, donde la tasa promedio ponderada para operaciones nuevas es de 12.97% en abril, niveles teóricamente estimulantes, por lo que se podría decir que el mecanismo de transmisión monetaria se encuentra obstaculizado por el temor al riesgo del no retorno de capital e intereses si se apuesta a poblaciones con altas demandas de crédito, pero con algunas limitaciones de estabilidad e ingreso.
Dentro de este panorama de crecimiento, pero exclusión a la vez, es necesario hacer alusión a las disparidades desde la perspectiva de género.
Cuando el crédito se restringe para los hogares, somos las mujeres quienes asumimos el costo mayor, enfrentando barreras invisibles pero determinantes.
Factores como la brecha salarial, menor participación en el mercado laboral, menor titularidad de bienes patrimoniales como tierras, vivienda, ganado, entre otros, y la sobrecarga del trabajo del cuidado no remunerado limitan drásticamente el perfil financiero de las mujeres ante la banca o instituciones formales.
Evaluar el crecimiento del crédito excluyendo la perspectiva de género es invisibilizar que estas quedan relegadas a los microcréditos de subsistencia con altas tasas de interés, cerrando la posibilidad al acceso crediticio productivo a gran escala, condenándolas a continuar en el círculo de la feminización de la pobreza.
Finalmente, este optimismo institucional en el crecimiento del crédito al 5% se desvanece cuando no se articulan dichos datos técnicos con la realidad social y económica de miles de hondureños que no logran comprender de indicadores macroeconómicos con buen desempeño ni de buenas evaluaciones por parte de organismos financieros internacionales, pues la microeconomía o la economía de los hogares cuenta una historia totalmente diferente.
Mientras las políticas de colocación de recursos financieros prioricen el engranaje corporativo y ubiquen en un segundo plano el bienestar doméstico y la equidad de género, seguiremos observando mejoría en la macroeconomía, pero sin rostro humano.
A esto se suma el desafío de reflexionar sobre el abordaje que darán las autoridades gubernamentales a la banca de desarrollo (Banadesa y de segundo piso Banhprovi), las cuales cada vez se ven mayormente limitadas presupuestariamente, cerrando los pocos espacios para ofrecer recursos con bajas tasas de interés y requisitos flexibles a poblaciones vulnerables y marginadas.