19/06/2024
05:44 AM

Aún nos falta

Henry A. Rodríguez

El pasado 11 de marzo se han cumplido dos años desde que se detectó el primer caso de covid-19 en Honduras, a día de hoy, se cuentan más de 417 mil casos y unos 10,842 fallecidos, aproximadamente. Son cientos las familias en duelo debido a este virus, que sin duda nos ha hecho vivir años difíciles en los que se ha puesto a prueba nuestra paciencia, solidaridad, sentido de ser familia, nuestro ser ciudadanos, cristianos y humanos.

Las autoridades aún piden prudencia, y ante el panorama mundial, muchos son los temores que surgen. Pero la diferencia, entre dejarnos hundir por el pesimismo, o hacerle frente a la tormenta, radica en saber sobrellevarla desde tres actitudes fundamentales: gratitud, humildad y esperanza. La gratitud: porque no estamos solos, El Señor camina con nosotros, dándonos fuerza, valentía, ánimo y luz para superar los obstáculos que vengan, y construir nuevamente lo que este vendaval ha echado por tierra. El papa Francisco nos ha dicho: “El Señor no nos dejó solos. Permaneciendo unidos en la oración, estamos seguros de que Él nos cubre con su mano (cfr. Sal 138,5), repitiéndonos con fuerza: No temas, he resucitado y aún estoy contigo”. La humildad, para caer en la cuenta que por muy cómodos que viviéramos antes, por muy bien que nos fuera, faltaba algo, faltaba alguien en nuestra vida, y que había cosas que, definitivamente, teníamos que cambiar. El santo Padre nos recomienda: “Volver simplemente a lo que se hacía antes de la pandemia puede parecer la elección más obvia y práctica; pero, ¿por qué no pasar a algo mejor? Hemos demostrado que podemos hacerlo, que podemos cambiar, y ahora está en nuestras manos traducir estas actitudes en una conversión permanente, con resolución y solidaridad, para afrontar amenazas mayores y con efectos a más largo plazo”.

Y por último, la esperanza, animada por la fe que nos muestra a un Dios que nos ha dado a su Hijo Jesucristo, brindándonos, la firme certeza de que es verdad que nuestro Dios es amor y esta seguridad hay que comunicarla, transmitirla, contagiarla, porque como afirma el Papa, es un “contagio”, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta buena noticia. Es el contagio de la esperanza: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”. No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas, sino la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no “pasa por encima” del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa, abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios.