Las fiestas de Independencia resultan propicias para hacer manifestaciones externas de amor por Honduras. En las escuelas y colegios se elaboran “altares patrios” en los que se colocan los retratos de nuestros héroes e ilustraciones de los símbolos nacionales. También hay desfiles en ciudades, pueblos y aldeas, y todos los que aquí vivimos, de una u otra forma, confesamos amar a este país.
Sin embargo, pienso que nos hace falta profundizar en el significado de la palabra amor y de cómo el que decimos profesar por esta tierra debe ir mucho más allá de la banderita azul y blanco colocada en el carro o en el escritorio.
Primero, a propósito de los “altares patrios”, debemos recordar que, históricamente, en las distintas culturas en las que se ha acostumbrado a construir o levantar altares, no se hacen con fines decorativos, sino que sobre ellos se ofrecen sacrificios; en el cristianismo incluso. Y no sé cuán conscientes están los educadores y sus alumnos de esta realidad. Porque, si lo estuvieran, aprovecharían septiembre para fomentar en ellos el deseo de servir a Honduras, de estar dispuestos a sacrificarse por ella, de trabajar con la mayor perfección humana para verdaderamente engrandecerla.
Con el amor a la patria sucede lo mismo que con el amor humano: el de amistad, el fraterno o el conyugal. Se olvida que es mucho más que un sentimiento, que es más bien una decisión que exige renuncia, generosidad, paciencia, comprensión, y, sobre todo, fidelidad.
Somos fieles a Honduras cuando cuidamos a la propia familia, que ya en otras ocasiones he señalado que es la “porción de patria” que nos ha sido confiada. Somos fieles a Honduras cuando somos buenos vecinos, cuando no vivimos aislados de la vida ciudadana, cuando respetamos las leyes, cuando pagamos los impuestos, cuando tratamos a los demás hondureños con respeto, cuando procuramos ser justos, cuando nos conducimos con honradez.
El amor verdadero no se limita a un mes en el año. Así como el amor auténtico se prolonga durante los doce meses, o deja de ser genuino y se vuelve una farsa, no debemos hacer del que se dice tener por Honduras un amor “del diente al labio”, de discurso oficial, de acto supuestamente cívico.El amor por Honduras debe trascender septiembre y mantenerse todo el año. Eso es lo que la patria se merece y necesita.