El presidente de EE.UU., Barack Obama, pidió hoy a su equipo de seguridad nacional un incremento de la vigilancia en la conmemoración del décimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre.
El presidente se reunió este sábado con su equipo de seguridad nacional, con el que repasó los esfuerzos para hacer frente a las posibles amenazas y los pasos tomados para mejorar la situación, informó la Casa Blanca.
La 'década de Bin Laden' plantó semillas de incertidumbre
La primera década del terrorismo fundamentalista internacional se abrió y se cerró con Osama bin Laden.
La muerte en mayo de este año del hombre que planeó los atentados del 11 de septiembre de 2001 acabó con su intensa búsqueda, pero el legado de los últimos diez años persiste: viajes en avión rodeados de temor pese a las mayores medidas de seguridad, denuncias de violaciones a los derechos humanos, dos guerras y nuevos frentes de terrorismo.
De Madrid a Bombay, de Londres a Bali, Pakistán y Kenia, muy pocas regiones han eludido ser blanco de atentados terroristas. La “primavera árabe” ofrece un punto de optimismo hacia el final de la década con sus reclamos de reformas, pero sus resultados aún son inciertos.
El temerario secuestro de cuatro aviones de pasajeros y su conversión en letales misiles en ese día soleado de septiembre despertó al gigante militar estadounidense de su letargo post-Vietnam.
Pero pese a los cambios radicales en la seguridad global que trajo aparejados, la década no significó una nueva era en la historia mundial, como ocurrió con la Segunda Guerra Mundial. Fue más bien un nuevo capítulo en la etapa de la globalización post-Guerra Fría, afirma James Lindsay, analista del Consejo de Relaciones Exteriores en Washington.
“Lo que reveló el 11 de septiembre fue la capacidad de un número reducido de personas de usar la tecnología moderna en un mundo globalizado para causar gran daño”, afirma Lindsay en entrevista con dpa. “De alguna forma también reveló los límites reales del poder e incluso los más poderosos”.
Las casi 3,000 personas que murieron en Nueva York, Washington y Pensilvania son un número pequeño comparadas con los cataclismos desatados en conflictos como los de Ruanda, los Balcanes e Irak, donde han muerto 110,000 civiles desde la invasión estadounidense de 2003.
La reacción que siguió fue, para algunos, extrema: la expulsión del poder de los talibanes en Afganistán y el derrocamiento de Saddam Hussein en Irak. Los dos conflictos contaron con simpatías internacionales. Una coalición de varios países entró en guerra en Afganistán y el presidente George Bush consiguió apoyo para su invasión de 2003 en Irak bajo la falsa creencia de que Hussein tenía armas de destrucción masivas. Ahora ambos países enfrentan un futuro incierto cuando las tropas occidentales se retiren.
Poderosa organización
“(Al Qaeda) Era un grupo marginal que de pronto ganó enorme importancia, algo que esperaban obtener, y nuestros líderes se la dieron”, asegura Richard Mahoney, profesor de estudios sobre la paz y conflictos en el Juniata College de Huntington, Pennsilvania. “Nos hundimos en un malentendido fundamental y pagamos un precio tremendo por ello”.
Aunque la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) comenzó a retirarse de Afganistán a mediados de este año y aunque está previsto que el último soldado estadounidense abandone Irak a fines de año, persisten enormes preguntas sobre el futuro de esos frágiles gobiernos.
Los analistas coinciden en que habrá caos con el vacío de poder. La retirada estadounidense en Irak dejará sin resolver “cuestiones importantes como disputas territoriales entre kurdos, árabes y turcomanos”, señaló en abril pasado la Brookings Institution, con sede en Washington.
En Afganistán, “quedará patente (en 2012) que la coalición no puede retirarse sin que se produzca una rápida desintegración del régimen de (el presidente Hamid) Karzai y una victoria militar de los talibanes”, predice por su parte Giles Dorronsoro, del Fondo Carnegie para la Paz Internacional en Washington.
Hatem Bazian, lector de Estudios en Cercano Oriente, Árabes y Árabe-americanos en la Universidad de California, Berkeley, señala que no está seguro de que las piezas puedan volver a colocarse en su sitio sin una gran dosis de violencia. “Abrirnos paso a disparos en Afganistán e Irak no es una transición hacia estructuras políticas sustentables”, señala a dpa.
Mientras tanto, Pakistán ha emergido como el nuevo campo de batalla del terrorismo, con los extremistas talibanes y de Al Qaeda presentes en su zona limítrofe con Afganistán.
La importante alianza forjada con Washington contra el terrorismo ha quedado hecha jirones. Los ataques de aviones estadounidenses no tripulados indignaron a Islamabad, pero la operación clandestina en Abbottabad para matar a Bin Laden fue la gota que rebasó el vaso.
Yemen es otro nuevo foco para Washington, como refugio del imán radical nacido en Estados Unidos Anwar Al Awlaki, que estuvo conectado con los secuestradores del 11-S, con el sospechoso del tiroteo en Fort Hood, Texas, y otros ataques. En abril del 2010, el presidente Barack Obama aprobó la ejecución del imán como parte de los esfuerzos para acabar con la amenaza de Al Qaeda en la península Arábiga, blanco ahora también de ataques de aviones estadounidenses no tripulados.
Al final de la década, Washington se muestra más confiado por haber podido impedir otros ataques terroristas en su propio territorio. Pero la invasión de dos países musulmanes le ha granjeado un fuerte antagonismo a Estados Unidos en todo el mundo musulmán.
El presunto uso de la tortura por parte de los norteamericanos, la detención secreta de sospechosos y la cárcel de Guantánamo, donde 170 personas siguen languideciendo sin juicio, también han provocado la condena de los aliados europeos por haber abandonado su defensa de los derechos humanos.
La década de Bin Laden estuvo marcada por “un menor compromiso con los lineamientos del derecho internacional (...) que pusieron límites a los Estados tras la Segunda Guerra Mundial”, destaca Bazian. Hasta entonces, “pensábamos que nadie se atrevería a ir en contra de las Convenciones de Ginebra”.