'Yo necesitaba trabajar y me vine para acá. Bueno, una amiga me trajo, me dijo que iba a ser mesera, me dejó aquí en el bar y ahora me prostituyo. Casi todas llegamos engañadas y después nos cuesta regresar', relató Ana Luisa, una joven hondureña que acaba de cumplir diecisiete años y está embarazada.
Ana Luisa llegó a este país hace siete meses; como ella, hay cientos de hondureñas que son víctimas de la red de tratantes que opera en Honduras, Guatemala, Nicaragua y El Salvador.
Las casas de citas, burdeles, bares, cantinas, playas, calles, casas cerradas, salas de masaje, hoteles, pensiones, negocios disfrazados y moteles son el destino de cientos de menores de edad que algún día pensaron en viajar en busca de un mejor destino.
En 2006, las autoridades de migración en México reportaron 45 mil menores deportados vía terrestre. De ellos, 11 mil eran centroamericanos, y entre éstos, 2,756 eran hondureños.
Testimonio
Ana Luisa vende sus servicios en un bar ubicado en la zona viva de Chiquimula. De martes a domingo 'entretiene' a los clientes, desde las diez de la mañana hasta la una de la madrugada.
'Hay clientes que nos tratan mal, otros no, a mí no me han golpeado, pero lo insultan a uno. Mi día libre es el lunes', contó a LA PRENSA al ser cuestionada sobre la clase de vida a la que es sometida. La joven se encuentra permanentemente vigilada. Un ‘guarura’ del bar supervisa todas sus salidas y entradas y es quien cuenta los minutos que paga cada cliente.
En el rostro de Ana Luisa hay tristeza. 'Yo quisiera regresar a Honduras, mi familia no sabe a lo que me dedico en este país. Yo ya venía embarazada de Honduras, el bebé es del novio que tenía allá, pero cuando él se dio cuenta me dejó, por eso me vine. Nunca me había prostituido, cuando llegué aquí al bar fue mi primera vez'.
La hermana de Ana Luisa también trabaja en este sitio, ella viajó hace un año a Guatemala. Ambas tenía como sueño llegar a Estados Unidos.
La historia de esta catracha es similar a la de muchas. La falta de oportunidades y la ignorancia en sus familias abren los espacios para hacerlas víctimas de los tratantes de personas.
'Yo llegué hasta primero de carrera, pero no termine porque no teníamos dinero, mis padres son pobres y no me podían dar. En Honduras pagan poco por trabajar en esto. Yo quería estudiar licenciatura en derecho pero no se pudo y muchas cosas más que nunca realicé. De niña siempre quise una muñeca y nunca la tuve', comentó.
No se entiende si por temor o propia convicción, la jovencita no acusa a nadie de su estado, se culpa a ella misma. 'Nunca abusaron de mí, nadie me propuso nada, ni me agarraron a la fuerza, todo lo hice consciente, sé que ha sido una mala decisión la que tomé, pero aquí estoy', dijo.
Explotación
El bar en que se prostituye esta hondureña es uno de cientos en la zona. Un local viejo, sin aire acondicionado, una antigua rockola al fondo del cuartucho que sirve como salón y cuatro o cinco meseras que también son damas de compañía.
Por 20 minutos de placer, los clientes pagan 150 quetzales (unos 390 lempiras). 50 van a la caja y cien a la muchacha.
Los bares se ubican en una misma zona. La mayoría tiene seguridad privada para garantizar que las menores no puedan escapar a sus lugares de origen o a otro bar donde les paguen mejor.
A las nueve de la mañana, Copacabana, Green House, Black Cat y Sport Bar en Chiquimula abren sus puertas ofreciendo los servicios de mujeres de nacionalidad hondureña, salvadoreña y guatemalteca.
Allí también se encuentran varones entre doce y trece años realizando labores de limpieza. Todo esto pasa desapercibido para las autoridades en Guatemala. Basta hacer un recorrido por esta ‘zona viva’ para detectar a los niños.
Ana Luisa confirmó que no sólo en Chiquimula hay compatriotas de su edad e incluso menores que ella trabajando en los bares y prostíbulos. Zacapa, Ciudad Guatemala y Esquipulas son conocidas por ello.
'Hay bastantes menores hondureñas en estos bares, algunas vienen engañadas, otras con necesidad, de eso sobrevivimos'.
Pese a su avanzado estado de embarazo, Ana Luisa atiende hasta 20 clientes por noche.
'No me da miedo que me hagan abortar, así trabajo, no quiero perder mi niño y espero que cuando nazca lo pueda tener en Honduras'.
Ella y las otras jovencitas son llevadas cada martes al Centro de Salud de la comunidad, es la única salida autorizada que hay en días de trabajo y siempre van resguardadas.
En Chiquimula, los bares ofrecen álbumes fotográficos de las menores disponibles para que el cliente seleccione a la que más le gusta. El interesado paga los 150 quetzales si quiere los servicios en uno de los cuartos del bar. Si el cliente desea sacar a la menor a un hotel u otro sitio debe pagar mil quinientos quetzales por el servicio de cuatro horas, pagar el hotel y llevar el guardia fuertemente armado, quien esperará fuera de la habitación para asegurarse que la jovencita regresará.
'Yo les diría a las muchachas en Honduras que no salgan de su país, no deben dejar su tierra, que no se dejen engañar. A mí no me gusta lo que hago, pero tengo que hacerlo', finalizó.
El tiempo que pagó el reportero de LA PRENSA acabó. Ana se puso nerviosa, el guardia iba a comenzar a tocar la puerta. Ella debía regresar al bar, sino podrían sospechar que no era un cliente cualquiera.
Bares disfrazados son cárceles de hondureñas
Algunos de los bares en Chiquimula, como El Gran Brandy y La Cabaña, funcionan como pequeños cuartos donde se encuentran las niñas. Otros funcionan disfrazados, como viviendas o talleres.
En el recorrido de LA PRENSA se identificó a un supuesto taller de motos, pero al ingresar al fondo del local se encontraba un bar con pista de baile; en el patio se ha construido un subterráneo donde se mantiene encerradas a las menores, muchas de ellas hondureñas que son vendidas a los clientes.
Los vecinos no quisieron hablar del tema, pero un informante de la zona aseguró que constantemente se hacen orgías en horas de la noche, mientras que de día funciona como taller.