SAN PEDRO SULA.

Por no tener un teléfono inteligente o por no contar con dinero para pagar el servicio de Internet y enviar las tareas a través de WhatsApp, alrededor de 400,000 estudiantes perdieron contacto con sus maestros, es decir, desertaron virtualmente del sistema público de educación durante siete meses de pandemia.

Para la educación pública de Honduras, 2020 será el año más desastroso de toda su historia, pues el confinamiento para contener la propagación del coronavirus le robó los sueños a aproximadamente el 22% de 1,871,000 estudiantes que se matricularon en los niveles prebásico, básico y medio.

Hasta septiembre, la Secretaría de Educación estimó que unos 350,000 abandonaron las clases, según Mario Alas, coordinador del Observatorio Nacional e Internacional de la Educación de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán (UPNFM); sin embargo, la deserción supera esa cantidad, advierte.

“Esto tiene que ver con el acceso a la conectividad. Cuando se suspendieron las clases presenciales, la actividad educativa se trasladó a los hogares; pero en ese nuevo contexto, las diferencias sociales se convirtieron en factores de desigualdad.

3 claves de la crisis
1- Baja penetración. De 9.8 millones de hondureños, solamente el 42% tiene acceso a Internet, según la organización We Are Social de Inglaterra. Más de la mitad no.
2- Sin tecnología para enseñar. Según la Comisión Nacional de Telecomunicanes (Conatel), en el país hay 366,667 suscriptores de Internet fija (en la casa) de banda ancha.
3- Por medio de whatsapp. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), solo el 16.5% de los 2,207,901 de hogares hondureños tiene computadora.
Las familias que tienen celulares inteligentes, computadoras y servicio de Internet tienen ventaja sobre los niños cuyos padres no tienen acceso a Internet”, opina Alas.

Los padres de familia con ingresos bajos “si tienen un teléfono más o menos inteligente, deben comprar recargas telefónicas para activar Internet, esto representa un enorme gasto porque, por ejemplo, si un estudiante recibe un promedio de ocho a 10 tareas semanales, lo cual implica igual número de recargas, tendrá que gastar entre L300 y L400”.

En contraste con los estudiantes del sistema privado de educación que emplean diferentes herramientas de gestión de aprendizaje, como Moodle, y plataformas de comunicación que requieren una mayor velocidad, como Zoom, la mayoría del sistema público solamente utiliza WhatsApp para recibir las asignaciones y enviar las tareas terminadas.

45% está insatisfecho
Porcentaje de estudiantes que dicen no haber tenido clases en 2020, según el observatorio de la Pedagógica.
Situación es dramática. Joel Navarrete, profesor del Instituto Oficial Copantl, de la Rivera Hernández y del Instituto Polivalente Las Brisas, de Las Brisas, de San Pedro Sula, ve “con preocupación la situación actual de la educación porque es dramática y triste puesto que el Gobierno no ha hecho lo suficiente y las empresas grandes que dan el servicio de Internet no ayudaron a los niños”, dijo.

“A principios de año yo daba clases a aproximadamente 460 alumnos en siete secciones en una sola jornada en la Rivera Hernández. Ahora logro tener conectados a unos 120 solamente por WhatsApp. No podemos usar Zoom, por ejemplo, porque la Internet que compran por medio de recarga es bastante reducida. Usar Zoom sería un lujo”, explicó Navarrete, profesor de ciencias naturales, física, química y biología.

Navarrete, con 27 años de impartir clases en el sistema público, cree que ni la tragedia causada por el huracán Mitch (1998) ni el golpe de Estado (2009) “obligaron a los alumnos a desertar masivamente del sistema educativo como ha sucedido ahora con la pandemia del coronavirus”.

Aumento. La cantidad de estudiantes desertores podría aumentar en las próximas semanas mucho más si los padres de familia que han hecho malabares para recargar los teléfonos sobreviven a la crisis económica desencadenada por la pandemia.

Para el caso, Dilma González, madre de dos niños de primer grado en la escuela Padre Claret de la colonia Rivera Hernández, se siente agobiada por la presión económica que desde marzo tiene para que sus dos hijos “no dejen de aprender y no perder el año” escolar.

“A principios de la pandemia le ponía al teléfono una recarga de L100 de lunes a viernes para tener el WhatsApp para los niños. Desde que empezó la cuarentena he estado en eso, ahora ya no puedo más. Aunque los profesores comprenden, no exigen tanto, yo soy puntual, mis niños no están atrasados con las tareas, todas las hemos mandado”, dijo González, quien trabaja como cocinera.

57% no cree
Porcentaje de padres que consideran que sus hijos están aprendiendo muy poco por medio de WhatsApp
Mientras González gasta una gran parte de su salario con la idea de que sus hijos “no pierdan el grado”, Mauricio Barahona, alumno del noveno grado en el Instituto Oficial Copantl de la Rivera Hernández, recibe en su casa semanalmente a amigos y familiares para que usen el wifi “y puedan terminar el año sin problemas”.

“Mi familia es pobre, pero gracias a Dios mis hermanos trabajan y entre todos pagan L1,200 al mes por el servicio de Internet. Todas las semanas vienen mis primos y mis amigos a hacer las tareas que nos mandan por WhatsApp y nosotros después investigamos en Google”, explicó. González comenzó el año escolar con unos 33 compañeros, hoy, “cuando todo es por WhatsApp”, solo cuenta “con unos 15 porque la mayoría, por no tener teléfono o Internet, ha abandonado las clases”.

Este estudiante reconoce que “no es lo mismo recibir las clases en una aula que en un teléfono” y pone de ejemplo que “matemáticas se aprende frente a una pizarra con las explicaciones de un maestro y no por medio de WhatsApp”.

Alas, el coordinador del Observatorio de la Educación de la Pedagógica, aplaude la actitud de los docentes de todos el país y de las estrategias que intenta desarrollar la Secretaría de Educación con un bajo nivel presupuestario. Sin embargo, hace énfasis en que “el Gobierno debe dar importancia a la educación para que en 2021 la crisis no se repita”.