Se resiste a dejar la cama. Su madre no tardará en telefonear para recordarle que hoy no es un día cualquiera. Dentro de pocos minutos el teléfono sonará y al otro lado del auricular escuchará el feliz cumpleaños, hijo. Gracias madre, responderá y, para no preocuparla, le asegurará que todo va de maravilla. Vendrán las preguntas protectoras, entonces él dirá que sí, que tiene dinero, que no es necesario que le envíe un giro, que su salario es suficiente y hasta le sobra para comprarse unos dos libros cada mes. Ella se despedirá con las recomendaciones de siempre desayuná, no te desvelés, no salgás de noche porque esa ciudad es muy peligrosa, cuidate de la rinitis, tené cuidado con las cuatro letras...
Entonces él seguirá su vida de lobo estepario, ajeno a los consejos maternales, confiado en los milagros de los panes y los peces, alimentando el deseo de encontrar una emoción fuerte que espante su vida monótona y depositando sus enfermizos demonios en los amores pasajeros. No le incomodan ya los calificativos de insensible, témpano de hielo, hombre que vive en su propio mundo, alma solitaria o habitante de Marte. Todas las personas con quienes ha convivido siempre inventan una frase que, aunque cambie los vocablos, conduce al mismo significado.
No le parece éste un gran día, simplemente 24 horas con la obligación de vivir: levantarse, prepararse para el trabajo, comer, viajar, caminar, saludar, mirar, escribir, preguntar, cumplir, maldecir, callar, escuchar, fingir, salir, volver, comer, leer, escribir, pensar, dormir...
Su contrato de trabajo especifica que debe entrar a las ocho en punto al periódico, pero duerme hasta las nueve de la mañana. Los rayos del sol se estrellan con violencia en la ventana de su apartamento. Permanece con los ojos abiertos, sin pensar, como un ser a quien le han extirpado el cerebro, aunque conserva la habilidad de mirar, captar los colores, las formas y los sonidos; pero sin registrarlos. Sus dedos, con parsimonia, se prenden del petrificado cetro y evoca los labios de la prima Claudita, las tetas de Gissela la vecina, las piernas de la Puta Devota, el cuello de la tierna Shaddy Lee, la ágil boca y las nalgas de Janiuska, los ojos afiebrados y los tímidos gritos de Marcela, la caverna insaciable de la negra Sofía... todas unidas para transformarse en una súper mujer que, como un remolino erótico, se funde con Sharon Stone, María de Madeiros, Jennifer López, Marissa Miller, Mónica Bellucci y otras mujeres sin rostro, pero útiles para la batalla y el exterminio momentáneo del hombre.
Pulsa el play para escuchar la selección de melodías que tituló Rolas para el tedio matutino. La voz y la guitarra de Gilmour se apoderan del silencio, Strangers passing in the street... Agradece la compañía de Pink Floyd en esta época cuando la radio y la televisión, plagada de activistas políticos, le pudren el oído. Nunca ha ejercido el sufragio, ni piensa hacerlo. Su madre es nacionalista, pero sabe que ella no entiende las doctrinas conservadoras y que su color político lo adquirió del viejo Macedonio; el abuelo, a quien conoció pocos días antes de que la muerte lo visitara. Trata de imaginarlo, pero apenas aparece una sombra cadavérica que estira la mano y le pide, con la mirada, el octavo de aguardiente.
La primera historia sobre la muerte él se la contó. Rodrigo cumplía once años y parte de la familia se había reunido en la casa de la tía Filomena, donde cuidaban al abuelo. Estaba tendido sobre una hamaca bajo la sombra de un mango, Rodrigo se acercó y le preguntó algo, pero el viejo, con un ademán de mano, lo calló. Esa puta me anda rondando, dijo con sonrisa burlona el rostro cadavérico. Esa puta piensa que porque anda desnuda me voy a ir tras ella. Guardó silencio por treinta segundos moviendo los ojos hasta dejarlos fijos en un punto. Rodriguito, cuando a vos se te aparezca esa hijeputa tenés que resistirte y no dejar que te lleve, sino marcharte cuando a vos te de la gana o cuando ya tu mierdera carne no aguante un día más en este mundo cabrón.
Las palabras del abuelo lo impresionaron. Primero porque había sido educado bajo la vigilancia estricta de doña Olga, una católica a ultranza, y en su mente sonaba la advertencia enérgica: no dirás malas palabras. Segundo, no sabía que la muerte, cuando se quería llevar a alguien, apareciera desnuda. Sintió mucho miedo. Desde ese día decidió no jugar más de papá y mamá con la prima Rosita. Es el primer gran temor que recuerda. El resto de su infancia inocente resistió con valentía los ataques de la muerte. Al siguiente año aprendió con el chele Carranza y con J.R. cómo expulsar los demonios hirvientes de su cuerpo [...].
III
Para entretenerse revisa la carpeta X-Files, y abre el archivo que nombró Guernica. Lee un diálogo con Janiuska, una ex alumna con quien mantenía conversaciones en el chat. Las guardaba pues en el futuro, pensaba, podrían servirle para sus propósitos de escritor. Ella había vivido en Hamburgo, tenía 23 años y agitaba las terribles hormigas que anidaban en el cuerpo de Rodrigo.
-¿Recordás lo que te dije anoche?
-¿Qué?
-Me gustás.
-Ja, ja…
-¿No me crees?
-Por supuesto que no.
-Pero no ves cómo me brillan los ojitos cuando te veo…
-Es lo más cómico que he escuchado, tontito.
-Uno se vuelve tonto por mujeres como vos.
-¡Ay! mi gordo, eso le pasa únicamente a un chavo de 15 años.
-Siempre tenemos un niño dentro que ama la belleza.
-Suficiente paja.
-Nunca es suficiente porque las palabras jamás se agotan, tampoco la pasión y el amor. ¡Mejor entretenimiento podríamos tener!
-¿Como cuál?
-Un entretenimiento dolmanciano.
-Imaginé que algo así dirías.
-Estamos en contacto mental, sólo falta el contacto…
-Yeah!
-Ja! ¿Sabes hacer el amor en alemán?
-¿Cómo es?
-¡Alles kaput! Quedas descalabrado y con un terrible temblor en las piernas que parece que nunca más vas a poder...
-Ok.
-¿Ok?
-Ya, terminemos.
-Cómo, si no hemos comenzado...
-¡Ya!
-Ya qué, te decidiste a quitar los candados o a que te los quiten...
-Sería bueno saber si alguien logra quitarlos.
-Lo que es imposible para la mujer es posible para el hombre.
-Sos bello.
-Y puedo ser mejor que las palabras que fácil se borran y no dejan huella...
-Ya no sé qué decirte.
-Cuando las palabras se terminan es momento de la acción...
-Chao, ya me voy.
-¿Te acompaño?
-Voy a descansar a mi casa.
-Mi casa es tu casa y puedo arrullarte para descansar.
-Gracias, en esta ocasión quiero ir a mi casa. Además, tengo hambre.
-Bueno, cocinaré y te prepararé chocolate. También tenés derecho a mi camita, a mi música y a mi tele.
-Es muy rico estar contigo, pero hoy quiero estar en mi casita.
-Entonces te voy a secuestrar.
-Si es secuestro sí. Pero ahora.
-Claro, no dejes el rapto que puedes hace hoy para mañana. Pasaré por vos.
-Sí, te espero.
Esa noche se reunieron los mimalapalabra, como ahora los conocían, para inaugurar el apartamento. La Guernica, bautizada así por Waldo, fue la invitada de Rodrigo. Luego del rito sabatino con Redoxona, realizado bajo las notas de Wish you were here, y usando una nueva pipa que Murvino había comprado en Xelajú, se consumó el deseado momento. Primero el temperamental beso. Los labios recorren la boca, el cuello, la oreja. Ella, sin convicción repite ¡no!, ¡no! Entonces le quita la blusa y el sostén y besa con suavidad los pechos que ya no se resisten al continuo movimiento de la lengua. Ella tiembla.
Cruzan la sala y toman posesión del dormitorio. Con una especie de rabia se despojan de la ropa. De nuevo el cuello y los pechos y la cintura y el borde de la vulva y ella emite suaves grititos y el crujido de la cama crece y ella se aferraba con sus uñas a la espalda de Rodrigo. Luchan como dos guerreros, un duelo del cual ninguno debe salir con vida. El sudor recorre sus cuerpos, cielo y tierra en un mismo punto hasta la contracción final y el desplome. A partir de ese día, de lunes a viernes, hacían el amor. En un momento postcoito la Guernica pregunta si él la quiere.
-¿Por qué te interesa saber si te quiero?
-Porque sé las personas que me quieren, pero de vos no sé...
- Vos no necesitas ser querida sino poseída.
-Estás loco, lo único que te interesa es el sexo. No ves en una mujer más que una gata que necesitás coger para sentirte con vida. Sólo te he preguntado si me querés.
-¿Por qué necesitas que te diga si te quiero?
-Me interesa porque nunca me lo has dicho.
-Se quiere al perro, al gato, al mueble, se quiere el carro o a la cama...
- Sos como todos, machista.
- Y vos, ¿sos feminista?
- Me tienen sin cuidado esas mierdas. Sólo te pregunto si me querés.
-¿Te importa tanto la respuesta?
-Lo que más me importa es que por primera vez me contestés sí o no. Y poné otro cd. No sé por qué te gusta tanto esa música de negros.
-Ahora te ponés racista.
-Me importa un pito si son amarillos, rojos o negros. Pero toda la noche repetís blues, blues y blues. Follar y blues, follar y blues. No podés montarte sin blues.
-No hay nada más relajante que un blues before sunrise, cariño...
-Estás loco, pero más yo por seguir con vos [...].
Para algunos lectores, 'Rutina' será el relato con el cual comenzarán a conocer la escritura de Alfredo Xalli. Sin duda será una experiencia de la que no saldrán indiferentes, pues su calidad y el regocijo de su redacción los cautivarán de inmediato. Para los que ya hemos leído algunos de los textos narrativos de Xalli, la lectura de 'Rutina' es una experiencia asombrosamente enriquecedora por dos razones. Primero, porque es inusual encontrar en las letras hondureñas el humor, la fresca inventiva y la ironía militante que hallamos en este texto.
Segundo, porque hemos sido testigos privilegiados del desarrollo de 'Rutina', de las sucesivas capas de humor y desesperación, cada vez más profundas, con las que Alfredo Xalli ha ido cubriendo este relato como si se tratara de uno de esos cuadros que Rembrandt, según se dice, pintaba para raspar la tela e irla cubriendo de nuevos colores. Bajo el humor de 'Rutina', si excavamos lo suficiente, descubrimos, con asombro, un texto proteico por sus múltiples implicaciones. Leamos, pues, y disfrutemos un fragmento de las partes I y III que en su número 45 publica mimalapalabra.