El número 50 de mimalapalabra ofrece a nuestros lectores fragmentos de una obra eminentemente fragmentaria: la del rumano Emile Cioran (1911-1995). Como todo pensador que desea alcanzar al ser humano en lo más vivo, en sus incertidumbres cotidianas, en sus temores, en sus alegrías esenciales, Cioran estaba en contra de una filosofía sistemática.
En ese aspecto, su obra se parece, por voluntad o por casualidad, a la del alemán Friedrich Nietzsche.Por eso sus libros son en principio verdaderas odas al individuo, al hombre que sufre y muere. Ello decide, además, que su visión sea primordialmente pesimista. 'Pasé siete años sin dormir', escribió, 'y mi visión de las cosas es el resultado de todos esos años de insomnio. Me di cuenta de que la filosofía no tenía el poder de hacer que soportara mejor mi vida. Así perdí mi creencia en la filosofía'.
Así, más que libros de filosofía, sus textos aspiran a ser un manifiesto contra todo lo que lo rodea. Abandonó su lengua materna para redactar la mayor parte de sus libros en un francés que asombró a los propios franceses.
No poder ya vivir
ay experiencias a las que no se puede sobrevivir. Experiencias tras las cuales se siente que ya nada puede tener sentido.
Después de haber conocido las fronteras de la vida, después de haber vivido con exasperación todo el potencial de esos peligrosos confines, los actos y los gestos cotidianos pierden totalmente su encanto, su seducción. Si se continúa, sin embargo, viviendo, es únicamente gracias a la escritura, la cual alivia, objetivándola, esa tensión sin límites.
La creación es una preservación temporal de las garras de la muerte. Siento que me hallo al borde de la explosión a causa de todo lo que me ofrecen la vida y la perspectiva de la muerte.
Siento que muero de soledad, de amor, de odio y de todas las cosas de este mundo. Los hechos que me suceden parecen convertirme en un globo que está a punto de estallar.
En esos momentos extremos se realiza en mí una conversión a la Nada. Se dilata uno interiormente hasta la locura, más allá de todas las fronteras, al margen de la luz, allí donde ella es arrancada a la noche; se expande uno hacia una plétora desde la que un torbellino salvaje nos proyecta directamente en el vacío. La vida crea la plenitud y la vacuidad, la exuberancia y la depresión; ¿qué somos nosotros ante el vértigo que nos consume hasta el absurdo? Siento que la vida se resquebraja en mí a causa de un exceso de desequilibrio, como si se tratase de una explosión incontrolable capaz de hacer estallar irremediablemente al propio individuo.
En las fronteras de la vida, sentimos que ella se nos escapa, que la subjetividad no es más que una ilusión y que bullen en nosotros fuerzas incontrolables, las cuales rompen todo ritmo definido.
¿Hay algo entonces que no ofrezca la ocasión de morir? Se muere a causa de todo lo que existe y de todo lo que no existe. Lo que se vive se convierte, a partir de ese instante, en un salto en la nada.
Y ello sin que hayamos conocido todas las experiencias posibles. Basta haber experimentado lo esencial de ellas. Cuando sentimos que morimos de soledad, de desesperación o de amor, las
demás emociones no hacen más que prolongar ese séquito sombrío. La sensación de no poder ya vivir tras semejantes vértigos resulta igualmente de una consunción puramente interior. Las llamas de la vida arden en un horno del que el calor no puede escaparse.
Quienes viven sin preocuparse
por lo esencial se hallan salvados desde el principio; pero ¿tienen algo que salvar ellos, que no conocen el mínimo peligro? El paroxismo de las sensaciones, el exceso de interioridad nos conducen hacia una región particularmente peligrosa, dado que una existencia que adquiere una conciencia demasiado viva de sus raíces no puede sino negarse a sí misma. La vida es demasiado limitada, se halla demasiado fragmentada para poder resistir a las grandes tensiones. ¿Acaso todos los místicos no padecieron, tras sus grandes éxtasis, el sentimiento de no poder seguir viviendo? ¿Qué
podrían, pues, esperar aún de este mundo aquellos que se sienten más allá de la normalidad, de la vida, de la soledad, de la desesperación y de la muerte?
(En las cimas de la desesperación, 1934)
Coalición contra la muerte
Cómo imaginar la vida de los otros, si hasta la propia parece apenas concebible? Se encuentra a alguien, se le ve hundido en un mundo injustificado e impenetrable, en un amasijo de convicciones y deseos que se superponen a la realidad como un edificio mórbido. Habiéndose forjado un sistema de errores, sufre por motivos cuya nulidad espanta al espíritu y se entrega a valores cuya ridiculez salta a la vista.
Sus empresas, ¿podrían parecer otra cosa que bagatelas, y la simetría febril de sus preocupaciones mejor fundada que una arquitectura de naderías? Al observador exterior, lo absoluto de cada vida se le revela intercambiable y todo destino, que sin embargo es inamovible en su esencia, arbitrario. Si nuestras convicciones nos parecen fruto de una frívola demencia, ¿cómo tolerar la pasión de los otros por sí mismos y por su propia multiplicación en la utopía de cada día? ¿Por qué necesidad éste se encierra en un mundo particular de predilecciones y aquél en otro?
Cuando sufrimos las confidencias de un amigo o de un desconocido, la revelación de sus secretos nos llena de estupor. ¿Debemos referir sus tormentos al drama o a la farsa? Eso depende por completo de las benevolencias o exasperaciones de nuestra fatiga. Puesto que cada destino no es sino un estribillo que se agita en torno a unas cuantas manchas de sangre, depende de nuestros humores ver en el proceso de sus sufrimientos un orden superfluo y entretenido o un pretexto de piedad.
Como es difícil aprobar las razones que invocan los existentes, cada vez que se separa uno de cualquiera de ellos la pregunta que viene al espíritu es invariablemente la misma: ¿cómo será que no se mata? Pues nada más natural que imaginar el suicidio de los otros. Cuando uno ha atisbado, por una intuición devastadora y fácilmente renovable, su propia inutilidad, es incomprensible que cualquier otro no haga lo mismo. ¡Suprimirse parece un acto tan claro y tan simple! ¿Por qué es tan raro, por qué todo el mundo lo elude? Es que, si la razón desautoriza el apetito de vivir, la nada que hace prolongar los actos es sin embargo de una fuerza superior a todos los absolutos; explica la coalición tácita de los mortales contra la muerte; no sólo es el símbolo de la existencia, sino la existencia misma; es el todo. Y esa nada, ese todo no puede dar un sentido a la vida, pero la hace al menos perseverar en lo que es: un estado de nosuicidio.
(Breviario de podredumbre, 1949)
5 y 9
Al igual que amas los libros que te hacen llorar, las sonatas que te han cortado el aliento, los perfumes que te insinúan renunciamientos, a las mujeres extraviadas entre el cuerpo y el alma, así sucede con los mares: te enamoras de aquellos cuyo oleaje induce a ahogarse en su seno.
No he buscado en el mediterráneo poesía ni violencias, ni tampoco turbulentas vorágines en sus olas. A esas inclinaciones encontré respuesta sobre los acantilados de Bretaña. Pero, ¿cómo olvidar un mar donde dejé mi pensamiento?
En una memoria más corta que el presentimiento de eternidad de lo efímero, guardaría la imagen y el reconocimiento del azul inhumano del mar decadente. En sus orillas se hundieron imperios y tantos y tantos tronos del alma...
Cuando el aire suspende su calma y la inmovilidad meridiana alisa las olas en medio de un fulgor abstracto, entonces sé lo que es el Mediterráneo: lo real puro.
El mundo sin contenido: la base efectiva de la irrealidad. Sólo la espuma, actualidad de la nada, continúa como si pugnara por ser...
Lo único que podemos hacer es zarpar a alta mar. Sin deseos de echar el ancla. ¿No es acaso el sentido de la inestabilidad agotar el mar? Que ninguna ola sobreviva a la odisea del corazón. Un Ulises, con todos los libros.
Una sed de planicies marinas que tienen su origen en lecturas, un erudito vagar. Conocer todas las olas...
9
Sé que, por algún rincón de mí, hay un diablo que no puede morir. No me hace falta un oído aguzado para las torturas refinadas ni tampoco el sentido del gusto para el vinagre de la sangre, sino solamente el silencio sordo que presagia un quejido prolongado. Entonces reconozco el peligro. Y si me vuelvo hacia el Mal despótico y envilecedor, sube por los aires, al cerebro, a las paredes, divinidad súbita, severa y destructora.
Estás inmóvil y esperas.
Te estás esperando. Pero, ¿qué vas a hacer contigo? ¿Qué te vas a decir, rodeado como estás de tanto no-decir? ¿Qué pasa a través del silencio? ¿Quién pasa? Es tu mal que está pasando a través de ti, fuera de ti, es una omnipresencia de tu misterio negativo.
¿Piensas en lo que quieres ser? Tus pesares no tienen futuro.
Ni ningún futuro es tuyo. En el tiempo ya no tienes cabida; en el tiempo yace el horror. Y entonces te vas. Al marcharte te olvidas. Y en tu caminar eres otro y siendo, ya no eres.
(Breviario de los vencidos, 1993)