02/05/2026
06:43 PM

Latinos dan vida a los comercios muertos

En el sector occidental del centro comercial Regency Square, el espacio que hace algunos años estaba repleto de compradores de Montgomery Ward es ahora una sombría tumba de plexiglas.

    En el sector occidental del centro comercial Regency Square, el espacio que hace algunos años estaba repleto de compradores de Montgomery Ward es ahora una sombría tumba de plexiglas. Y cerca de allí, el sitio donde la cafetería y pastelería Barnie Coffee and Tea era asediada por clientes, muestra un silencio fúnebre.

    Pero, en lugar de desolación, la peruana Licet Molina vio una oportunidad. Hace tres meses, Molina inauguró Machu Picchu, un restaurante peruano de comida para llevar, vecino a todos esos espacios muertos. Desde entonces, Molina ha traído trozos de una nueva vida al área.

    Es una nueva vida que luce mucho como la que Molina dejó atrás en Perú hace ocho años: una vida repleta de cultura y de cocina peruana. Una vida que extrañaba terriblemente cada vez que probaba una hamburguesa en un restaurante de comida al paso.

    “Todo esto es casero”, dijo Molina mientras mostraba un trozo de pasta para fabricar empanadas y otros platos latinoamericanos. “El maíz viene del Perú, y usted incluso puede ver los granos. Nosotros lo cocinamos y lo molemos. Y luego, lo perfeccionamos”.

    Empuje

    Emprendedores comerciantes de otros países, especialmente de América Latina, como es el caso de Molina, comienzan a participar del “Sueño Americano” gracias en parte, irónicamente, a la grave crisis económica.

    Muchos centros comerciales del estilo de Regency Square están perdiendo negocios de marcas famosas, que dejan espacios vacantes. Algunos inmigrantes, deseosos de aprovechar esas oportunidades buscan esos sitios para abrir negocios.

    No muy lejos de Machu Picchu hay otro restaurante étnico.

    Durante los últimos dos años y medio, Robert Bernales ha servido auténtica comida filipina en Island Cafe. Su restaurante ha reemplazado a una heladería.

    Bernales, que llegó a Jacksonville en 1996, ha prosperado tanto que hace seis meses añadió una tienda de comestibles filipinos a su restaurante.

    “Muchos de nuestros clientes, tras comer aquí, no desean ir a otros negocios para comprar ingredientes a fin de preparar comida filipina”, dijo Bernales.

    “Instalé este restaurante porque quería proporcionar comida de calidad a la comunidad filipina”, dijo.

    Pero, en el largo plazo, Bernales e inmigrantes como él parecen proporcionar mucho más que eso.

    Tal vez uno de los ejemplos más vigorosos de cómo los inmigrantes dan nueva vida a zonas abandonadas de Estados Unidos puede encontrarse en Lewiston, Maine.

    Era una población industrial agónica, antes de que refugiados somalíes comenzaran a establecerse allí en 2001. Ellos llevaron no sólo comida africana y sus costumbres, sino también un espíritu empresarial tan robusto que en 2004 la revista Finanzas Inc. designó a Lewiston como uno de los mejores lugares para hacer negocios en Estados Unidos.

    Y luego está el distrito Toytown de Los ángeles. Era también un área de depósitos abandonados antes de que inmigrantes de América Latina y de Asia se mudaran allí y comenzaran a fabricar juguetes para tiendas al por menor de Estados Unidos. El negocio supera ya los mil millones de dólares en ingresos.

    Fernando Prado y su esposa, Danaisy, llegaron a Estados Unidos procedentes de Cuba cuando tenían 11 años de edad. El año pasado, luego de trabajar como mecánico de aviones en Cecil Field, Prado eligió un espacio en un centro comercial en Cassat Avenue, Jacksonville, que en una época había sido ocupado por un salón de juegos de video, a fin de abrir su panadería cubana: Don ángelo, todo un éxito.

    Y mientras gente como los Prado mantienen vivas sus tradiciones, también contribuyen a evitar que otra zona comercial se haga lúgubre y sombría.